Arribo por naufragio

[En: Guía para viajes inútiles de http://www.mutante.mx]

 

“La verdad es que no cambiaría Barcelona por ninguna otra ciudad del mundo”
Sergio Pitol

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Definitivamente tenía que ser una mala broma, o una estupidez. Eso es lo que piensas si una mañana te enteras de la muerte de tu hermano por un obituario en el periódico, un hermano que, además, está lo suficientemente lejos: «¿Antonio?», «¿Sí?», «¿Sigues en Barcelona?», «Pues ¿a dónde has llamado? Idiota», «Soy Augusto», «Me lo imaginé, ¿qué pasa?», «Nada. Sí, eres tú», «Hermanito, ¿está todo bien?», «Pues… sí», «¿Necesitas dinero?». Y después de corroborar la estupidez del mundo, y la propia, sientes un poco de alivio, no sin antes avergonzarte por haberte regodeado en la posibilidad de la muerte de la única persona que te separa de una orfandad definitiva.

Le conté lo que había pasado. Antonio no paraba de reír: «Y supongo que ahora sientes nostalgia y quieres verme», dijo entre carcajadas, «Pues, no me vendría mal el viaje, después de todo hace mucho que no te veo, y…», «¿Qué? ¿Te ha dejado Sofía?». Qué fortuna tener un hermano que anticipa tus fracasos (después de todo, hicimos lo que pudimos, dijo ella buscando confrontar su mirada, deseando todavía, infatigable, encontrar algún alivio en aquellos ojos negros que le ensombrecían las cuencas y el ceño. Eso es lo triste, dijo él, hemos hecho lo que estuvo en nuestras manos, esa es la triste historia del hombre, y sus ojos negros ahora ensombrecían no la determinación de Isabel sino el mínimo de suelo que abarcaban; ella terminó de convencerse, ella, ingenua, pensó por un momento que aquel hombre podría estar hablando de ellos, de ellos dos… y no, hablaba de la historia del fracaso del hombre, absorto en el suelo. Después, mucho después, al escribir, intentaría recordar el color de los ojos de Isabel, al no conseguirlo sobrevendría una vez más el impulso por abandonar la escritura…). «Escribí sobre eso, ¿te gustaría leerlo?», «Ya me lo leerás en persona, me dará gusto verte. Ahora mismo compro tu boleto de avión, ¿business o coach? Y no te olvides de traerme una copia de ese obituario, eso hay que conservarlo».

De entre todos los oficios, la opción más idiota la tomé yo, ¿por qué tenía que elegir lo mismo que mi hermano? Supongo que si es tu hermano quien te enseña a rasurarte, quien planea el robo en conjunto del auto paterno –para después ponerte al volante y que sean tus huellas digitales las que la policía de casa encuentre como evidencia –, quien te obliga a leer el primer libro que le hizo profesar un fanatismo irracional y te amenaza con el infierno de no adherirte a su iglesia, quien te infunde el temor de su ausencia ante tu carencia de habilidades para la vida –de no ser por Antonio nunca me hubieran elegido para formar parte de un equipo, de la banca de un equipo –, supongo que si ése es tu hermano, hay alguna posibilidad de que quieras ser como él, o no se te ocurra algo mejor. Siempre que me siento a escribir pienso en la pobre hermanita del escritor Henry James, Alice, que a los 20 años pidió permiso a su padre para suicidarse –ella no tenía un hermano exitoso, tenía dos –, el padre se lo concedió… pero no murió de eso, murió 23 años después por cáncer de mama. «No es por menospreciarte, Augusto, pero dudo que llegues a ser un buen escritor, te avergüenzas demasiado de tus pensamientos, eres un conservador en potencia, un conservador posmoderno que ha comido hongos y tiene un tatuaje que odia», me dijo una vez Antonio, ¿y qué hice?

Si Borges dice que cada tarde es un puerto, y Vila-Matas agrega que en Barcelona cada tarde es un puerto, yo añadiría que en Barcelona cada tarde es un puerto al que se llega por naufragio, claro, lo añadiría junto con una simultánea sensación de estar llevando a cabo una asociación de ideas patética. Por supuesto Antonio no me compró un vuelo directo, así que tuve que tomar un tren nocturno desde París. Mis compañeros de cabina eran una pareja de la India –un hombre alto y cobrizo con un gran turbante blanco y su mujer, de ojos enormes y un punto pintado en el entrecejo, que lo atendía fervientemente – y un boliviano hermético, todo lo que supe de él fue su nacionalidad. Antes de partir un guardia entró al compartimiento y dijo al hombre que su mujer no podía estar ahí, era una cabina designada sólo para hombres. El indio no entendía, vociferaba «Barcelona, Barcelona, my son», mientras mostraba sus documentos junto con la foto de su hijo y una dirección; el guardia español alzaba cada vez más el tono sin abandonar su idioma; el otro, desesperado, insistía en sus documentos mientras su mujer se aferraba a él sin alzar la mirada. Por fin, el guardia se dio por vencido y prefirió preguntarnos si teníamos algún inconveniente en que la señora estuviera ahí, ambos negamos con la cabeza. El guardia salió, el tren echó a andar, la pareja se tranquilizó, ella, cariñosa, le quitó los zapatos y él se tiró un pedo. Pero las rondas de los guardias no cesaron. Dormíamos bajo el rumor del tren cuando una azafata entró golpeando la puerta, encendió la luz y nos pidió nuestros pasaportes, se los llevó sin decir más, y sin apagar la luz, de cualquier forma ya no pude dormir de nuevo imaginando que no recuperaría mi pasaporte y que nos botarían a los cuatro en la frontera.

Acordé con Antonio que nos encontraríamos en un café cercano a su apartamento, para el desayuno, obviamente mi arribo sucedería demasiado temprano como para que me recibiera en la estación. Me senté a esperarlo. El mesero no dejaba de mirar hacia fuera. El barrio del Raval estaba sumergido en el silencio. Más allá, un grupo de personas rodeaba a un bulto en el suelo al pie de un edificio. Los vecinos del Raval salían periódicamente a sus balcones. Pensé que lo que los hacía salir era ese silencio absurdo, me parecía excepcional que en lunes por la mañana, en ese barrio bullicioso de las novelas de Antonio, el silencio encallara junto con el sol en las sombras agudas de sus viejos edificios; ese barrio, y al pensarlo me reía un poco de mí mismo, en el que con una nostalgia anticipada esperaba encontrar prostitutas enanas y ariscas que lanzaban maldiciones a los clientes que se atrevían a regatear, heroinómanos erizos y árabes vendiendo piratería. Pero nada de eso, el Raval ahora es más turístico que la Torre de Pisa –y habría que ver cuántas fotos de personas sosteniendo la torre inclinada andan por el mundo –, «eso debe de fastidiarlo mucho, mi hermano, tan marginal, tan poco conservador», pensé. Estaba ahí, de vez en vez distintos vecinos salían a sus balcones, se asomaban a la calle, miraban perplejos eso que acababa de suceder y que se extendía irremediablemente: un cuerpo dislocado, la calle manchada, la luz invadiéndolo todo; y luego regresaban, apesadumbrados, excluyéndose de la continuidad de aquel evento, al interior de sus apartamentos cerrando las persianas tras de sí. Vaya forma de desaparecer, tan llamativa. La gente alrededor del cadáver se dispersaba mientras yo imaginaba que era Antonio quien se había lanzado al vacío, y yo, sin haberlo visto por última vez, un huérfano completo. El silencio del Raval se quebró a causa de una sirena, el mío por la voz de Antonio a mis espaldas: «De verdad me sorprende…», «¿Qué, que nos veamos por última vez?», rió, «No, no. Que sigan sucediendo estas cosas, aquí y ahora». Mientras nos abrazábamos, pensé que alguna trampa debe haber en el decir “aquí y ahora” como si se pudiera atrapar algo, como si el lenguaje no fuera un artificio y un reflejo del paso del tiempo sino un conjuro, como si al terminar de pronunciar el “aquí y ahora” que se extendía en el Raval sólo existiera un breve espacio en blanco, la ausencia de las palabras que describen la sensiblera idea de que uno se queda de verdad solo en el mundo cuando se le acaban los hermanos, y yo, llenando el aquí y ahora con mis posibles pérdidas, y avergonzándome por ello.

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No necesito nada de aquí

László Krasznahorkai

Lo dejaría todo aquí: los valles, las colinas, los senderos, y los jilgueros en los jardines, lo dejaría aquí todo de golpe, cielo y tierra, primavera y otoño, dejaría aquí las rutas de evacuación, las tardes en la cocina, la última mirada amorosa, y todos los señalamientos hacia la ciudad que te hacen estremecer, dejaría aquí el crepúsculo espeso cayendo sobre la tierra, la fuerza de gravedad, la esperanza, el encantamiento y la tranquilidad, dejaría aquí aquellos amados y aquellos cercanos a mí, todo lo que me conmovió, todo lo que me conmocionó, fascinó y elevó, dejaría aquí lo noble, lo benevolente, lo placentero, y lo endemoniadamente bello, dejaría aquí la semilla que germina, cada nacimiento y existencia, dejaría aquí conjuros, misterio, distancias, lo inagotable, y la sobredosis de eternidad; es aquí que dejaría este planeta y estas estrellas porque no llevaría conmigo nada de lo de aquí, porque he visto lo que se aproxima, y no necesito nada de aquí.

 

http://asymptotejournal.com/article.php?cat=Fiction&id=46&curr_index=2&curPage=

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Procesión del silencio

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Procesión del silencio. San Luis Potosí, marzo 2013.

Cada año, en San Luis Potosí, se representa un luto masivo el viernes santo. Podría decir que es un espectáculo, pero faltaría a la bien organizada multitud que desfila en silencio, en principio, como una manifestación de su fe. Además, definirlo como espectáculo tal vez dejaría muy mal parados a los miles que estuvimos ahí: no es un acontecimiento divertido. Lo es si se piensa morbosamente en un enorme grupo de actores que se disfraza para un cortejo fúnebre, pero el asunto no es en día de muertos, y no son actores. Es difícil que no pase por la cabeza la idea de un espectáculo cuando se cobran las localidades para ver la procesión; no es obligatorio, uno puede verla de pié en cualquier punto del recorrido, pero si quieres sentarte para observar al cortejo durante dos horas hay que pagar, a menos que tengas la ocurrencia de llevar tu propia silla plegable, lo cual también es posible. En fin, ¿hay algo que denunciar aquí? ¿O solo estoy incidiendo en el normal escepticismo de un católico disidente, o en el tan mencionado nihilismo y cinismo de la época que nos abruma? La cosa es que en este país es imposible no hacerse preguntas cuando hay dinero de por medio, y a costa del patrimonio cultural o las tradiciones, esos hábitos cuyo origen ya no entendemos del todo. Tampoco es un secreto que se vive del turismo y que se saca lo mejor que se puede cuando hay demanda. Pero insisto, no puedo evitarlo, ¿a dónde va el dinero que se cobra por usar una silla de primera fila en la vía pública para presenciar una tradición? En fin, tal vez ese no creer en nada también me invade y me hace perder la perspectiva, la fe de la gente no se hace esas preguntas, la comodidad de la ideología. Si esto fuera un espectáculo sería preocupante, podría deducir que siempre preferimos la injusticia como entretenimiento.

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Una vez un filósofo me acusó de ser incapaz de superar la ideología católica, sus principios que actúan en nuestra cabeza intuitivamente -en quienes crecimos dentro del catolicismo: la culpa, el sacrificio, la penitencia, etc.-, que debía leer esto a aquello para trascenderme, básicamente lo que quería decir es que no estaba a su altura intelectual, y tampoco es un secreto que algunos intelectuales tienen sus prejuicios bien documentados.  Cómo puede cambiar un libro, la lectura, la vida, los hábitos de alguien, partiendo siempre de la idea de que el cambio es necesario, fundamental para adaptarse a una idea del mundo que se gesta en la posibilidad, en la esperanza perenne, de un mundo mejor, aunque igual de cotidiano y aburrido, o en la ocasional certeza de su desahucio, y que definitivamente se acabará tarde o temprano. ¿Qué con la trascendencia de las tradiciones? Y no tengo nada contra ellas. Pero ¿por qué cada año repetimos esas representaciones?

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Tampoco he ido a tantos funerales en mi vida, pero siempre me llama la atención esa casi tradición, que no sé si corresponda sólo a los rituales católicos, en la que al final del velorio la familia se reúne alrededor del ataúd para ver por última vez el rostro del que alguna vez fue alguien amado, lo miran… todo tipo de manifestaciones emocionales, del silencio sepulcral al llanto estridente, los empecinados en mirar y quienes se cubren los ojos, quienes huyen o se quedan a organizar el amor alrededor de un muerto con frialdad castrense, y casi siempre, si es que se rompe el silencio o el llanto, vuelan bajo frases de reivindicación al respectivo amor hacia el difunto: “Ese no es mi padre… No debimos de haberlo visto… Debimos quedarnos con la imagen que teníamos de él…” ¿Cómo esa evidencia del deterioro, de la miseria del cuerpo, de la descomposición, podría representar a quien amamos?

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QUEMAR LOS PARQUES

[En: Guía para viajes inútiles de http://www.mutante.mx]

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«Resultaba en verdad atractiva con aquella obstinación suya y además yo sabía que no hay cosa más exasperante que pelearse en un recinto cerrado como aquél, donde no es posible dejar plantada a tu pareja confiado en que te llame desde lejos “espera” y eche a correr hacia ti, para celebrar después la reconciliación con arreglo a un antiguo ritual, obra común de los enamorados de todos los tiempos.»

Ismail Kadaré. El ocaso de los dioses de la estepa.

Fuimos a Madrid en nombre del amor. Fuimos para arreglarnos el matrimonio. Él quería ir a Albania, es su afición por las palabras, su obsesión, mejor dicho, no por la conversación sino por la precisión, el peso de las palabras; para lo que eso importaba en esos silencios que se nos habían extendido bastante. Pero ¿habrá algo qué hacer en Albania? Él quería ir por una extraña idea que ha leído por ahí una y otra vez, una leyenda que dice que en Albania todavía la palabra de honor es importante, le llaman Besa, la palabra dada; por ejemplo: si un hombre le da su Besa a una mujer, es decir, le hace un juramento, y no lo cumple, al morir será enterrado en la deshonra y su espíritu vagará atormentado eternamente. Y si él me escuchara haciendo esta descripción de su mentada Besa seguramente tendría un sinfín de correcciones para mi falta de precisión en el uso de las palabras y terminaría por condenar “ese hábito tuyo por banalizarlo todo”.

Y no es que yo sea ordinaria, también leo, pero a ese hombre hasta sus silencios se le hacen solemnes, quizá por eso los extiende tanto. Yo más bien soy del tipo que lee a Antonieta Fortuño, esa maravillosa escritora ninguneada por los intelectuales –qué se le va a hacer, ella tiene lectores, aunque se diga que eso no es garantía de su calidad sino todo lo contrario–, pero es que una no puede más que estremecerse al leer su Epílogo al bombardeo de Madrid:

«La calle olía a pólvora. Sobre las aceras blancas y los arbustos que las delineaban, sobre las copas escarchadas de los árboles y cada cenicienta rama a contraluz proyectada sobre los rostros de los temerosos, la pólvora se evaporaba. Esa mañana no se colaba otro olor entre las sábanas que no fuera el de los ecos de las detonaciones. Desde entonces la palabra “pólvora” activaría los recuerdos de los habitantes de Madrid, quienes terminarían por enunciarlos siempre como una consecuencia de dicha palabra: los gestos de sus hijos: un incendio; el vaho emergiendo de las trincheras: la agonía de ese fuego al amanecer postrero; los susurros en los albergues: el rojo crujir de sus pertenencias apagándose; los escombros sobre las camas, las parejas sobrevivientes que permanecieron haciendo el amor mientras el hogar encendido se les venía encima y perdieron en el sexo un brazo o una pierna, él esforzándose por elevar la cadera contra el muro caído sobre su espalda, ella agradeciendo el bombardeo, segura de que él podría seguir levantando el culo contra ese peso y caer dentro de ella cada vez con más fuerza: todo, una explosión, un derrumbe, una sirena tardía que los urgía a extender la resistencia, sin imaginarse siquiera cuánto esperarían para besarse de nuevo en los parques, tendidos sobre el pasto que los amantes arden.»

Y ahí estábamos, en Madrid, sin que fuera necesario que estuviéramos en guerra civil sino más bien en una tregua larga y fastidiosa. Él con la cabeza inmersa en las guías de la ciudad, de ahí a los recorridos con otras parejas igualmente aburridas y silenciosas. Un día decidimos salir por nuestra cuenta: todo mal, salirse de los tours pagados puede ser muy peligroso. Apenas entramos al vagón del metro nos encontramos con un ejército de hermosas y entusiastas jóvenes que se miraban constantemente los reflejos enfundados en unos vestiditos estampados y tan livianos que bajo el sol serían sombras desnudas, el calor comenzaba en la ciudad, en varios sentidos, y ellas con sus cuellos largos y lisos, el cabello sujeto de forma tan natural que parecía una tendencia, los labiales, los escotes de primavera-verano, tan orgullosas de sus piernas y sus zapatillas. Y yo sólo pensaba en lo que él podría estar elucubrando, se hacía el tonto, como que no miraba, ensimismado en sus mapas pero visiblemente inquieto, tal vez decidiendo si “bragas”, “calzones” o “pantaletas” era la palabra más adecuada para relacionar ya fuera con “humedad” o “infierno”, lo conozco, al cerdo. De repente, a mi lado, un borracho me interrumpió la bilis, le decía a su colega: “Mira, mira, ¡chinos! ¿Has visto? ¡Pero cómo huelen, y andan ya por toda la ciudad!”. Pero ¿cómo podrían importarle los inmigrantes chinos en medio del desfile de jóvenes en celo? Qué falta de perspectiva, pensé, y luego decidí tranquilizarme, parecía yo la que se excitaba. El tiempo pasa, y lo único en que no quisiera convertirme es en una mujer madura conservadora que lee novelas rosas a escondidas, encerrada en la bañera, ansiando unas horas sola en casa para “entregarme” al libro en turno, aunque… ¿qué carajos tendría de malo?

El asunto no paró ahí, afuera, durante nuestra caminata, la juventud se me venía encima, ya no podía sino espiar a las parejitas que pululaban, besa que besa, en cualquier lugar, entre la gente, en cada rincón del parque de El Retiro, y sí, lo empecé a disfrutar y a cuestionarme cómo es que los mirones desarrollan su invisibilidad. Y, claro, llegado al punto en que, dentro de nuestro ininterrumpido silencio, nuestra inquietud era más que evidente, cruzamos unas miradas y como respuesta a dicho diálogo enfilamos nuestros pasos de regreso al hotel. Y ahí estábamos, en Madrid, mirándonos desde lejos, desde la distancia que se construye cuando las personas se obvian, cada uno en un extremo de la cama, cuando él por fin rompió el silencio: “¿No te parece que este cuarto ya nos queda chico?”, asentí, nerviosa, mientras tragaba saliva, “¿Volvemos al parque?”, “¿Quemaremos el pasto, me lo prometes?”, “¡Te doy mi Besa, pero vámonos!”.

Quemar los parques

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Guía para viajes inútiles: Alguien espera tu mensaje

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Si Brod viera lo que está pasando ahora, dice Keret, estaría “horrorizado”. Kafka, por otro lado, estaría bien con eso: “Lo segundo mejor después de hacer que quemen tu obra, si eres ambivalente, es dársela a un tipo que se la da a una señora que se la da a sus hijas quienes la guardan en un departamento lleno de gatos, ¿cierto?”

Kafka’s Last Trial, Elif Batuman.

La madrugada previa a su partida, Lena recibió una llamada, sí, una llamada decisiva e imprevista, ¿de qué otra forma podría ser? Después de responder se quedó pasmada unos segundos, luego se limitó a susurrar “encendamos la hoguera, entonces”, en checo, y colgó. Se volvió a mirarme –fingí dormir– y se acostó de nuevo. Intentó descansar pero se la pasó vociferando sueños absurdos, no sé si sepa que habla mientras duerme, cuando sueña, un defecto imperdonable para un miembro de la Fraternidad. Despertó ojerosa pero con mucha energía, hizo la maleta, todo listo, se iba. Me levantó con un beso y dijo que tenía que ir a casa, su padre agonizaba, y era algo que tenía que hacer sola, ¿de qué otra forma podría ser? Volvió a besarme, largo, terriblemente largo, como si fuera la emisaria de un mensaje urgente cuyo camino fuera largo e incierto, desconocido, sin saber si llegaría a entregar tal mensaje a alguien que lo espera ansiosamente, alguien que sueña con el mensaje; y así se despidió mordiéndose afanosamente sus últimas ganas.

Apenas Lena salió, llamé a San Diego, tenía que notificar a la Profesora: «—¿Profesora D.? —¿Quién más te respondería en estos momentos? —Claro, quién más, disculpe. Profesora D., van a encender la hoguera… —silencio. —Lo sé. Londres y Berlín lo han confirmado. Tu vuelo sale por la noche.» Londres y Berlín lo habían confirmado… ¿habían encontrado los verdaderos papeles? Siempre he dudado de la existencia de esos papeles. ¿Yo era el encargado de recuperarlos? No, no soy esa clase de espía, aún así me mandaban a Praga, ¿qué esperaban de mí? Quizá ya me llegarían las indicaciones, por lo pronto desempolvé la cámara, empaqué, un viaje más… Si fuera viejo apenas entendería por qué un joven se decidiría a hacer un viaje sin tener miedo de que, amén de que cualquier infortunio pueda suceder, de que una vida común no baste para llegar a cualquier destino.

 

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Lo mejor que pudo pasarme en el trabajo fue tener que casarme con Lena. Yo tenía tiempo espiándola. Desde San Diego me dieron la orden: establecer contacto, infiltrarme. Lena ha dedicado parte de su vida a la misión de la Fraternidad del Fuego Frustrado, un grupo de funcionarios de clase mundial decididos a cumplir la última voluntad de Franz Kafka: quemar todo testimonio original de su obra. El más grande pesar de la FFF es no haber podido evitar que el escurridizo Max Brod —amigo y albacea de Kafka— difundiera la obra de Kafka en el mundo tras su muerte. Aunque a este acontecimiento deban su origen, hubieran preferido no ser originales, hubieran preferido no tener que entrar a las librerías a robar los libros para quemarlos, preferirían no existir, su existencia devela el caos por el que es imposible respetar la última voluntad de un moribundo.

Había una última esperanza para la FFF –pero ¿una esperanza de qué? Nada podemos ya, nada esperamos, todo ha sucedido a nuestras espaldas, siempre frente a los ojos de otros–: encontrar, antes que Londres, Berlín y San Diego, los diarios y cartas de Kafka que la Gestapo confiscó a Dora Diamant, su última amante, en 1933, y que hasta ahora habían estado perdidos, supuestamente, si existen; encontrar esos documentos y quemarlos, evitar por cualquier medio que se diera una nueva ola de asociación de ideas a costa de Kafka que serían desastrosas para la humanidad, una nueva serie de derroches presupuestales a favor de los laboratorios que someten los papeles a todo tipo de pruebas físicas y filosóficas; si ese conocimiento sirviera para algo sería precisamente para destruir a Kafka, para acabar con las ideas que del mundo nos hemos hecho gracias a ese hombre con cara de vampiro –no tan seductor como Brad Pitt  haciendo de vampiro–, palabras de un comunicado de la FFF.Desde que estoy con Lena veo a Kafka por todos lados, es el guardián de la puerta de cada oficina a la que no se tiene acceso. No me atrevería a decir que me observa, a veces, en las noches, sino que habita el cuarto contiguo, todos los cuartos contiguos, y no hace un solo ruido, y uno sabe que está ahí y la tentación de correr a ver si respira espanta el sueño, y cuando llegas a abrir la puerta del cuarto contiguo… ¿De qué otra forma podría ser? Kafka está ahí, en cada carta escrita por una mujer febril, esas cartas que no sabemos si llegarán, él es ese mundo sobre el que las cartas se extravían o caen en manos extrañas que se deciden a correr la aventura de hacer llegar la carta a ese alguien que quizá la espera también febril, y que se pierden en el camino, los hombres, no las cartas.

Cuando llegué a Praga era demasiado tarde, tarde de noche y la ciudad ardía en un invierno milimétrico y las explanadas nevadas estaban surcadas por huellas de personas que habían huido. A lo único que me decidí fue a buscar a Lena mientras hacía el registro fotográfico que enviaría a San Diego a mi regreso de manos vacías. Todos los señalamientos que guiaban a los turistas hacia la memoria de Kafka ahora solo eran invitaciones hacia cuartos vacíos de los que siempre salía pensando que había escuchado una discreta respiración sofocada, como la de alguien que se cubre la boca para no ser descubierto. Pude encontrar a algunos funcionarios de la FFF encubiertos, ninguno supo darme noticias de Lena, todos como perros guardianes de un secreto que desconocían pero que asumían como su responsabilidad. Caí en cuenta de que Lena era el guardia de una puerta hacia el interior de un secreto que sólo era para mí y al que se me prohibía la entrada, nadie más trataría de entrar por esa puerta, yo nunca intentaría buscar otra entrada, Lena siempre me disuadiría de entrar argumentando los posibles peligros que causaría forzar la entrada por encima de ella. Ya se cerraba esa única puerta hacia ese secreto al que nunca accedí por no usar la violencia, por temer lo que habría allí dentro: tal vez otro secreto, tal vez otro guardia que no dudaría en reventarme la cabeza, ya se clausuraba ese acceso hacia otros umbrales cuando vislumbré a Lena al comienzo de un puente, ella sabía que yo estaría ahí, ¿de qué otra forma… y pese a ello sonreía de vez en cuando, con ese secreto indestructible en el cuerpo.

Ni tiempo tuve de revisar la cámara. Sabía que llegaría el día, debí estar preparado. Seguramente me despedirán, dados los resultados. Sólo tengo medio registro de ese viaje, la cámara no funcionaba bien, al revelar la película apareció una larga línea transparente que cubría la mitad del negativo longitudinalmente, y sí, no podría haber sido de otra forma, Praga es el 10% que uno ve de la realidad mientras todo sucede a nuestras espaldas, ante los ojos de otros, mientras uno contempla el acceso a una sonrisa.Photo13_12A

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Plan de retiro

Fotografía: Cuartoscuro

“Y por mucho que ‘guerra’ siga pareciéndome un término erróneo para definir lo que está sucediendo en el mundo (un término socorrido, diría yo), lo cierto es que son años en que algo así como una orgullosa barbarie, relacionada con la experiencia de la guerra durante milenios, ha vuelto a convertirse en una experiencia cotidiana.”

Otra belleza. Apostilla sobre la guerra. Alessandro Baricco.

La muerte es campo fértil para la asociación de ideas, por ejemplo: difundir publicidad de agencias funerarias en las secciones de medios periodísticos que tratan de asesinatos, ejecuciones, venganzas y/o de la guerra. ¿Quien más que quien tiene miedo de morir (como muchos lo tenemos), y tiene los medios, invertiría en el servicio a futuro de una funeraria? Una inversión: “Deje todo en orden, pague ahora en plazos, evite que su familia tenga que cargar con el muerto y con el costo del funeral”. En fin, tampoco es que se pueda dar por sentado que a cualquiera, inmediatamente después de leer una noticia que narra la muerte violenta de alguien,  se le ocurriría ir a la agencia a contratar su “plan de retiro”.

El otro día escuché, en una de esas cápsulas de datos curiosos que pasan en las pantallas del Metrobús, que los orígenes del ataúd se remontan al ingenio de los sumerios (4000 a.C.), y que en realidad el motivo por el que encerraban a los cadáveres era que tenían miedo de que sus muertos regresaran, y así fueron construyendo ataúdes, criptas, mausoleos cada vez más sofisticados. Vaya usted a saber si los orígenes y evolución de un ritual milenario se puedan reducir a un video de treinta segundos con imágenes de archivo que probablemente no representan con veracidad a la cultura desaparecida de la que habla.

Se dice que una de las virtudes, quizá la más importante, de las grandes obras literarias es su pertinencia (y pertenencia) en cualquier época, que nos quede el saco siempre de lo que le pasa a sus personajes o en general que se pueda hacer una analogía entre eso que dice la Ilíada de Homero, por ejemplo, y lo que pasa actualmente. Hay veces que nos esforzamos tratando de encajar las lecturas tradicionales en la actualidad, forzar su aplicación, su moraleja, aprender algo a costa de las más anacrónicamente lógicas, lógicamente absurdas, etc., interpretaciones. “En teoría existe una posibilidad perfecta de felicidad: creer en lo indestructible dentro de uno mismo y no aspirar a ello”, dice Franz Kafka. Hablando de encajar tradiciones. El punto es: hubo algo indestructible que habitaba a Homero que nos habita a nosotros (hablando de asociación de ideas) y que nunca podremos tocar.

El escritor Alessandro Baricco dice a propósito de la Ilíada:

“[…] ¿Qué tenemos que hacer para inducir al mundo a seguir su propia inclinación hacia la paz? También sobre eso, me parece, la Ilíada tiene algo que enseñarnos. Y lo hace desde su rasgo más evidente y escandaloso: su rasgo guerrero y masculino. Es indudable que esa historia presenta la guerra como una salida casi natural de la convivencia civil. Pero no se limita a ello: hace algo bastante más importante y, si se quiere, intolerable: canta la belleza de la guerra, y lo hace con una fuerza y una pasión memorables. No hay casi ningún héroe cuyo esplendor, moral y físico, en el momento del combate, no se recuerde. No hay casi ninguna muerte que no sea un altar, ricamente decorado y adornado de poesía.”

¿Cómo encajar esto en México hoy? ¿Cómo asociar esta idea de la guerra a la nuestra? Y más que a la idea, a los hechos violentos que suceden. “La gente ha entendido que toda bala es una bala perdida”, dice Juan Villoro. Y entre todas las palabras al aire que se dicen de la guerra y su formato de estrategia de seguridad (vaya consuelo) hay varias frases que en la insistencia de ser encajadas en una estrategia política pierden sentido, sobre todo para quienes no somos víctimas. La guerra supone a dos que por mera voluntad, ya sea de atacar o defenderse, participan en un hecho cuyo fin último es la muerte, disfrazada de victoria o vergüenza, no la obtención de riquezas, no la paz; pero qué pasa con la comunidad invadida, sin interés ni medios para atacar o defenderse, que se limita a enterrar a sus muertos, cómo sentarse a ver pasar esto, ¿se puede decir sin vergüenza que son daños colaterales? “Falta conocer las historias de las víctimas, hemos puesto demasiada atención en los hechos de sangre”, otra vez Villoro.

El asunto es que hay mucha gente que ni siquiera puede enterrar a sus muertos, no saben dónde están. Una de las ideas bellas e indestructibles que me dejó la Ilíada fue la importancia que tiene honrar a los difuntos: Los guerreros hacen una guerra dentro de la guerra para recuperar los cuerpos de sus hermanos, primos, cuñados e hijos perecidos y así poder honrarlos. Aquiles, el gran guerrero, una vez que derrotó a Héctor hizo un agujero en los tobillos del cadáver y lo arrastró a caballo de un extremo a otro de la fortaleza troyana, frente a los ojos de los troyanos que lloraban a su vez a su máximo guerrero. El rey Príamo, padre de Héctor, maldijo al resto de sus hijos, incluyendo al pusilánime Paris, deseó que hubieran desaparecido todos excepto el más virtuoso de ellos que había muerto en nombre de Troya y, con la desaprobación de su séquito, humilde en su calidad de rey, fue hasta el campamento de los aqueos a rogar a Aquiles que le devolviera el cuerpo de su hijo. Aquiles, con lágrimas en los ojos ante la valentía del viejo Príamo, le devolvió a su hijo.

Los jóvenes tienen una idea vieja de la guerra, también dice la Ilíada. Pero cómo podríamos aprender algo de este lenguaje (que puede o  no venir a cuento) si el lenguaje que denuncia lo que pasa aquí y ahora ha perdido el sentido a punta de repetición política, si dejamos que “65,000 muertos”, “mujeres desaparecidas”, “madres errantes buscando los cadáveres de sus hijos migrantes” sean frases de una lengua muerta, muerta de significado porque aparentemente no tiene una consecuencia, y cada vez construimos cajas más sofisticadas para encerrarla y evitar su regreso. La muerte es campo fértil para la inhumación de denuncias.

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Guía para viajes inútiles: El lugar en el que te imaginé está deshabitado

[En Guía para viajes inútiles de http://www.mutante.mx]

Hay solo una ventana cerrada, y todo el mundo allá afuera;

Y un sueño de lo que se podría ver si la ventana se abriera.

Que nunca es lo que se ve cuando la ventana se abre.

Alberto Caeiro

“¡Ah, si fuera yo toda la gente y todos los lugares!”, te dije, y me miraste como a un turista refundido en el más vulgar de los lugares comunes, con lentes oscuros, cámara fotográfica, pantalones cortos y huaraches de suela de llanta con calcetines negros, que divaga con un mapa en la mano. En un día frío y lluvioso, además.

Decidí que no me habías entendido, como si tuviera algo de malo haber visto una película sobre Lisboa en la adolescencia y que a partir de entonces dicha frase de Pessoa que aparece en la película, la ciudad misma y Teresa Salgueiro formaran parte de un universo lejano y misterioso al que un buen día llegaría por barco. “¿Teresa Salgueiro?”, reíste. “Sí, Teresa”. (Entre otras cosas, quería ir a Lisboa por Teresa, como quien va a Hollywood convencido de que a la vuelta de la esquina se encontrará a Claudia Cardinale en el viejo oeste y de la mano huirán del malvado Henry Fonda. Pero no iría por Teresa en general, entonces ya había visto sus ojos, sus labios, sus hombros, hasta la había escuchado cantar en el Zócalo. Quería ir a Lisboa a ver las piernas de Teresa, a levantarle la prolija falda y constatar la verdad de esos cimientos blancos y caudalosos sobre los que navega la idea de Teresa.)

Eso no lo dije, claro, hubiera sido políticamente incorrecto regodearme en la visión de las piernas de una cantante portuguesa cuando en ese momento de hecho compartía la cama con tan eminente representante de la República Imaginaria de Lisboa, como tú comprenderás. Además, para qué entrar en controversias cuando el tratado de libre tránsito por tu cuerpo había quedado pactado tras un apretón de manos que ya pareció fútil después de tanto estrechamiento de distancias y coyunturas. Prometí que te visitaría, tú prometiste que contaría con una ventana por dónde mirar la ciudad y el río.

 

Consulté a Pessoa, no pude evitarlo. Y tendrás toda la razón en seguir riéndote, pero necesitaba una guía hacia ese río, el de tu ventana. Pessoa no estuvo muy lúcido, con la determinación de un borracho profético sólo atinó a decirme, aleccionador: “Como toda persona con gran destreza mental, (hizo una pausa, creo que quería ser irónico, pero no entendí) tengo un amor biológico y fatal a la fijación. Odio la vida nueva y el lugar desconocido”. Quizá debí haberlo escuchado y quedarme aquí pensándote hasta que Claudia Cardinale recuperara su reinado en mi imaginario. Pero decidí visitarte, ¿quién no ha tenido la fantasía de viajar lejos a encontrar a su amante? Y qué se puede hacer contra la idea de una mujer que firma sus cartas con “Saudades de você” sino acudir a exigirle que te explique físicamente lo que sea que eso significa.

 

Después de escuchar a Pessoa, debí imaginar que al llegar a Lisboa se acabarían las bromas; para él, Lisboa nunca fue una broma ni un anhelo, él ni siquiera tenía pruebas de la existencia de ese todo. Y resulta que el lugar en el que te imaginé está deshabitado, las ventanas tapiadas y una advertencia pintada en la entrada: “aquí podía vivir gente”. Y yo que esperaba ser la persona que tocara la puerta de la persona que se juraba último sobreviviente del planeta, pero en ese lugar en el que te imaginé sólo se vive en tiempo pasado y no había pruebas de que hayas existido.

Y ahora, entonces, si ya no podía divagar en la ciudad de tu ventana, divagar como los portugueses en su lengua, en su río, sin lo incierto, errático y despistado que habita esa palabra sino con esa paciencia y elogio a la lentitud que podría aplicarse a tanto camino, preámbulo, víspera de ti: conversar a divagar, caminar a divagar, tocarte a divagar, otrarse a divagar y extender cualquier verbo en una acción dulce y continua. (Así decía Pessoa cuando se convertía en el otro, en tantos otros, me estoy otrando en prosa porque es más fácil que en verso.) Entonces ¿qué ciudad me quedaba? Qué hacía si se me aparecía esa Lisboa de Vila-Matas en la que pululan terrazas, puentes, miradores, estadísticas y oportunidades para lanzarse al vacío; en la que para cualquiera hay una banca en la cual practicar la saudade, como si fuera a llegar una pista de tu ubicación nada más por sentarme a esperar a que el pasado pasara a divagar sobre un barco que desaparecería en la boca del río.

 

Anacrónico, desubicado, anduve por la ciudad tras tus pistas. La ciudad estaba vacía, sólo existían las fachadas de ropa recién lavada como testimonio de que ese lugar estaba habitado o que, tal vez, en algún momento lo había estado. Pero eso era poco probable, sábanas, calzones y calcetines sin huellas del paso del tiempo, relucientes, proyectando sus sombras sobre las casas. ¿Qué ciudad era esa que se mostraba por su ropa? ¿Qué se puede aprender de un lugar en el que sólo se conversa con la ropa tendida? Limpia, eso sí. ¿Era una señal, debía buscar tu ropa interior? Como si cada portuguesa tuviera unos únicos calzones… Pensándolo bien, qué más intimidad se puede ofrecer a un turista que la que implica mostrarle los calzones, de haber visto a alguien colgando su ropa interior me hubiera parecido casi pornográfico.

 

Casi al final de ese largo día, en uno de los miradores de Lisboa, soñé que era niño y corría por un callejón en declive hacia la ribera pensando en lo mucho que deseaba ser cubierto por el agua tibia del río y divagar por su caudal gentil. De pronto, Teresa aparecía en la bocacalle y me sonreía, pero yo no paraba, sólo quería lanzarme al río, ella, sonriente y tierna, como quien advierte entre risillas de complicidad “despacio, rapaz, despacio”, me gritó: “vivir es no pensar, chico, vivir es no pensar”.

 

Y ahora estoy de vuelta y no me resistí a escribirte todo esto, eso debe hacerse con la idea de una mujer a la distancia, ¿cierto? Escribirle cartas de amor. Ridículas, sí, “pero, al final, sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor son las que son ridículas”, dice Álvaro de Campos.

 

 

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Guías para viajeros inútiles (las guías): Lisboa.

“Está llegando el viajero al final de su vuelta por Lisboa. Vio mucho, y no vio casi nada. Quiso ver bien, y quizá haya visto mal. Éste es el peligro permanente de cualquier viaje.”
Viaje a Portugal. José Saramago.

Conocí a una lisboeta antes de llegar. Al preguntarle qué era lo que más le gustaba de la ciudad, me dijo que para ella la característica que mejor definía a Lisboa, más allá de cualquier edificio, era la luz: “Será porque tenemos tanta agua alrededor, el agua se refleja sobre la ciudad, la lame, se la come, es como tener el mar sobre nosotros, andan las nubes en cauces; el reflejo de la luna es más importante que la luna en sí, cantamos al reflejo de la luna, pedimos deseos a las estrellas que titilan doblemente sobre el río, estelas de los barcos”.

Y así partió este viajero hacia Lisboa –porque como dice Saramago: “El viajero no es turista, es viajero. Hay gran diferencia. Viajar es descubrir, el resto es simplemente encontrar”– con el título nobiliario de Viajero otorgado por un escritor portugués, un montón de ideas sobre aquella ciudad, los lugares comunes bien definidos: el Fado, la Saudade, el Tajo, los ojos de Teresa Salgueiro, la luz; y el Libro del desasosiego bajo el brazo (acá entre nos, entre viajeros, Pessoa es una terrible guía de turis… de viajeros.  Quiero decir, el Libro del desasosiego es un mapa eterno de un laberinto que muta según el lector –muchos libros podrían serlo–, la Lisboa que ahí encontramos es un sueño, un lugar conocido del personaje de Pessoa, mismo que odiaba los lugares desconocidos y los viajes exteriores, en los que el cuerpo se desplaza, y eso es Lisboa para el viajero, también un sueño, sí, pero de un lugar desconocido al que se quiere poseer un poco, comer buen pescado, besar a una portuguesa, en fin, no encontré pista alguna para llegar a eso en el libro).

Supongamos que la literatura de viajes, contrario a lo que dice Bernardo Soares en su desasosiego, ha servido a más de un viajero a lo largo de la historia de la humanidad, por ejemplo: ¿Qué hubiera pasado si el emperador de Mongolia, el Gran Khan, un día se hubiera despertado con la obsesión de recorrer personalmente todas esas ciudades lejanas, por él sólo imaginadas, que Marco Polo le describió y que pertenecían a su imperio? ¿Hubiera regresado encolerizado a montar la cabeza de aquel italiano en un palo al no haber encontrado ese mundo que el marinero le hizo imaginar? Tal vez se hubiera fascinado y nunca hubiera regresado a su palacio, superado por sus descubrimientos, sintiéndose extranjero en su propio reino, nombrando las partes de su imperio para poseerlo completamente, como si pudiera verlo todo desde la cima de una montaña y sentir que entiende todo lo que lo posee a él.

Digo:
«Lisboa»
Cuando atravieso –al llegar desde el sur– el río
Y la ciudad a la que llego se abre como si de mi nombre naciera
Se abre y se yergue en su extensión nocturna
En su resplandecer de azul y río
En su cuerpo amontonado de colinas –
La veo mejor porque la digo
Todo se muestra mejor porque digo
Todo muestra mejor su estar y su carencia
Porque digo
Lisboa con su nombre de ser y de no ser
Con sus meandros de espanto insomnio y lata
Y su secreto brillar de cosa de teatro
Su connivente sonreír de intriga y máscara
Mientras el largo mar hacia occidente se dilata
Lisboa oscilando como una gran barca
Lisboa cruelmente construida a lo largo de su propia ausencia
Digo el nombre de la ciudad
– Digo para ver

Sophia de Mello Breyner Andresen

 

Ésta es la puerta de la ciudad-río que recibe al viajero, lo reciben sus gaviotas como gárgolas que se turnan para posar ante las múltiples cámaras. Frente a la puerta se puede encontrar al guardián del tiempo de Lisboa, un anciano que va y viene de la plaza a la ribera llenando un vaso con arena: baja, llena el vaso, sube, esparce la arena sobre las coyunturas de las grandes losas que forman la antesala de la ciudad, va y viene, los turistas no lo notan, sentados en la escalinata que el río lame, desconocen la advertencia del guardián: “apura el paso, viajero, que en cualquier momento la ciudad podría ser cubierta por la arena. Desbórdate sobre las calles, piérdete, entra a la iglesia, haz una plegaria para que el tiempo no te supere, piérdete hasta que la ciudad te despida.”

“Decían los Argonautas que navegar es necesario, pero que vivir no lo es. Argonautas, nosotros, de la sensibilidad enfermiza, digamos que es necesario sentir, pero que vivir no lo es”. Y así puede entrar el viajero, mientras recorre la ciudad, en un sinfín de consideraciones sobre lo que la vida es, caerá en la tentación de recurrir a esos “la vida es [coloque aquí su frase favorita]” que tanto nos gustan para explicarnos las cosas.  En Lisboa, la vida es una anciana a la que le toma la mitad de su mañana subir una larga escalinata para llegar a su destino: la vida es subir escaleras, la vida es el recuerdo de cuando se era joven y escalar era navegar, no vivir; entonces, cuando la cima no era la respuesta a una plegaria sino la esperanza de  llegar a la ciudad deseada. Hoy, al llegar arriba encuentra otra escalinata y vuelve a subir deseando o rezando, sin cuestionarse por qué subir escaleras se ha vuelto tan importante.

Se encontrará el viajero con que al llegar al punto más alto de Lisboa la ciudad se despide, lo invita a irse y volver, como si después de alcanzar la vista entera de la ciudad pudiera escapar volando, pero eso sería elevar la ciudad a paraíso y si hay algo que el viajero no encuentra es el paraíso, por eso viaja, para corroborar su inexistencia. No es una manifestación de dios lo que busca, es la búsqueda por sí misma con una fe majestuosa en que tendrá la razón y podrá decir un día “después de todo, no lo he encontrado, se los dije, no existe”, y su desilusión le da alegría, después de haberse percibido como un reflejo del río, una parte del todo, de haber bebido sólo buena cerveza, de haber besado a María la portuguesa, de haber suspirado en cada atardecer y recordado todos y cada uno de los aforismos que ha escuchado sobre lo que es la vida y erigir sus suspiros de la tarde como un testimonio de la verdad en cada una de esas frases. Según Lisboa, Saudade, esa palabra escurridiza ante la que los traductores se han dado por vencidos, es llegar al punto más alto de la ciudad y que una vez ahí le digan al viajero que el viaje ha terminado, que debe salir de la ciudad para entonces entender lo que saudade es, descender todas las escalinatas posibles, recorrer todo lo que sintió antes en su camino desde el río e irse pensando en ese ser anacrónico, impuntual, que llega tarde a la vida por haber empezado a contemplarla antes de tiempo por el miedo a que todo se cubra de arena, como la obra póstuma que engrandece al autor desconocido en vida.

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Ansiedad urbana (o 15 minutos sobre tu cuerpo)

 

¿La sientes? ¿La inquietud de hacer nada? ¿Será una disfunción de los perezosos o simplemente las ciudades no están hechas para el asceta o la vida contemplativa o se convirtió en una costumbre sentir culpa hasta de no hacer nada?

Me pregunto cuántos sentirán el desasosiego de tirarse a mirar el techo sin más motivación que no hacer otra cosa. Qué clase de neurosis es esa de estar pensando siempre, cuando no pasa nada, que uno debería estar en otro lado ocupándose de otros asuntos. En el trabajo, por ejemplo, te quedas mirando el monitor sin más, en un descanso legítimo de… digamos 15 minutos después de tres horas de producir como una máquina, y de repente entra a tu mente el estimado de todo lo que podrías y deberías estar haciendo en lugar de mirar pasmado la pantalla. Se echa a perder el desperdicio de tiempo del deber ser pensando en el deber hacer.

Afuera, en la ciudad, durante esos 15 minutos de pantalla “en blanco” -lo que podría aproximarse a la mente en blanco- ha pasado de todo. Una ambulancia logró trasladar a tiempo a un moribundo o una parturienta; nacieron 9000 bebés en el mundo; el equipo tal le sacó el partido al favorito que ganaba por dos; mientras el conductor de la ambulancia miraba emocionado el partido, su mujer le era infiel; mientras mirabas la pantalla, en una ciudad de 10 millones de habitantes -por no entrar en las estadísticas mundiales y oficiales de los fabricantes de preservativos-, 500,000 ciudadanos tenían sexo y al terminar, exhaustos, se tiraron sobre sus espaldas a mirar el techo sin otra cosa que hacer mas que escuchar el uno la respiración decreciente de la otra. De lo que se puede deducir que en esos 15 minutos, mientras hacías nada, pudiste haber concertado una cita con el médico para la revisión anual; buscar un seguro de gastos médicos con cobertura para cesáreas; los posibles nombres para tus hijos; llamar a tus amigos para retomar el equipo de futbol y así hacer un poco de ejercicio; descifrar la contraseña de la cuenta de correo electrónico de tu mujer para corroborar que no tiene un amante; e incluso hacer mejor empleo del monitor mirando fotos de mujeres desnudas en la red. También para la mente 15 minutos significarían una masturbación portentosa.

¿Qué pasa en la montaña?,  ¿los montañeses sienten que deberían, al estar recostados rascándose el ombligo después de trabajar, salir en vez a talar un árbol o recorrer la sierra, recolectar, cazar, teniendo lo suficiente en el refrigerador, si es que hay uno, o las suficientes conservas, leña seca y aguardiente en la bodega?

En el desierto, por ejemplo, ¿alguien sentirá que, en vez de hacer nada, debería estar haciendo algo contra la arena que se cuela por cualquier resquicio, y que incluso llega hasta los pensamientos? Por lo tanto se debería estar haciendo algo, urgentemente, contra la arena entre la que los pensamientos se desvanecen como los juguetes perdidos en el arenero de los niños, y que nunca aparecen; se debe evitar que los  pensamientos sean cubiertos y tragados: sellarlos contra las tormentas que los arrasan, blindar contra inclemencias cualquier memoria del cuerpo ajeno sobre el que divagabas hasta antes del ventarrón, que recorrías haciendo a un lado la arena, esa idea infinita de unos labios, un cuerpo y el cabello que éste deja a su paso, sobre la que se anda por el simple hecho del deber hacer.

Se acabaron mis 15 minutos… pero, ¿y el salitre? ¿Qué se debe hacer en la costa mientras no se hace nada y el salitre lo corroe todo? ¿Qué se hace contra el tiempo?

La Nueva York de Billie

Her whole life had taken place in the dark. The spotlight shone down on the black, hushed circle in a café; the moon slowly slid through the clouds. Night-working, smiling, in make-up, in long, silky dresses, singing over and over, again and again. The aim of it all is just to be drifting off to sleep when the first rays of the sun’s brightness threaten the theatrical eyelids.

Sleepless nights. Elizabeth Hardwick.

              Me gusta traducir. Esta vez elegí un fragmento de la novela Sleepless Nights, de la escritora norteamericana Elizabeth Hardwick (1916-2007). Tomado a su vez de un fragmento de la novela publicado en la página del New York Review of Books (revista de crítica literaria de la que Hardwick fue cofundadora y editora) que hace ficción a partir, a grandes rasgos, del jazz, de Billie Holiday y la Nueva York de los años 40.

¿Por qué Billie Holiday? A los 18 años escuché “Good morning heartache” hasta que perdió sentido. Y no hablo sin un poco de vergüenza de mis intensidades adolescentes. No sé en qué momento hice de una afición alegre, de big band, de Louis Armstrong, heredada por mi abuelo, un pasatiempo melancólico, empecinado en las piezas sombrías de Sidney Bechet, en el Miles Davis de “Ascensor para el cadalso”. Obviamente tengo la sensación de que debería huir de la tristeza,  “La tristeza tiene siempre la esperanza de un día no ser triste más”, decía Vinicius de Moraes.

En fin, con ustedes: Elizabeth Hardwick y Billie Holiday (Bienvenidas las correcciones).

Mi amigo había, allá, en Kentucky, desarrollado una pasión por el jazz. Este estudio lo absorbió y él le añadió la metódica, intensa, dogmática ansiedad propia de su naturaleza. Aprendí esta pasión de él. Es un aprendizaje curioso que se mete bajo la piel dejando una cicatriz, un anhelo jamás satisfecho, una herida con la que parece duro vivir. Puede ser angustioso escuchar jazz cuando una está perturbada, sola, con la persona “equivocada”. Pueden pasar cosas en tu vida que te provocan renunciar a todo de una vez. Y, bajo el influjo de esas cosas, debe ser dicho que es más probable que uno se suicide escuchando Them There Eyes que la Opus 132. ¿Por qué será? “… es el mar mismo, ¿o acaso es sólo la juventud?”[1]

Vivíamos ahí, en el centro de Manhattan, creyendo que la mera ubicación del hotel era una beneficencia abrumadora. Vivir en la jungla oscurecida del centro de las cosas: cerca de… ¿de qué? A una caminata de distancia de todos esos lugares hacia los que uno nunca caminó. Pero era histórico, ¿no lo era? El crepúsculo mordaz caía en los vacíos entre los edificios rojos y grises. Dentro del hotel se sentía una especie de maleza, un terreno pantanoso para los extraños. La deprimente inconsecuencia  de los viejos residentes, sus delirios y desapariciones. Vivían como en una casa recién allanada, los cables expuestos, su mundo vandalizado, por ellos mismos, y con suficiente entusiasmo, por cierto. No imaginen que no recibían nada a cambio. Recibían mucho, déjenme decirles. La insolencia los elevaba sobre sus créditos automotrices, sus deudas vencidas, sus matrimonios desperdiciados.

Los pequeños, inútiles comercios a nuestro derredor explicaban lo poco que sabemos de nosotros mismos y cuán desconcertantes son nuestros suvenires e iconos. Recuerdo a los extranjeros, estupefactos, tomando decisiones, intercambiando monedas y billetes por curiosidades sin chiste, por novedades comunes y corrientes. La Sexta Avenida yace enterrada en los cajones, cómodas, cajas, áticos y sótanos de los nietos. Ahí, ennegreciéndose, están los relojes muertos, los largos anillos ovales para el meñique, las lisas piezas de madera pulida en forma de cabezas africanas de barbilla pronunciada, los llaveros del Empire State. Y para nosotros estaban las tiendas estruendosas, abiertas la mayor parte de la noche, donde uno podía comprar viejos, rayados, desgastados discos de jazz, de las discográficas Vocalion, Okeh y Brunswick. Nuestras manos se deslizaban sobre los estantes hasta que nos sangraban los dedos.

Sí, ahí estaban los discos, parecían vestigios invaluables para nosotros. Y los furtivos clubes de jazz de la calle 52. El Onyx, el Down Beat, el Three Deuces. En el acotamiento, bajando de un taxi, o en el White Rose Bar bebiendo, ahí estaban “ellos”, los grandes ejecutantes con sus desgastados y morenos rostros, enigmáticos en el atardecer temprano, sus toses, sus labios cuarteados y ojos amarillentos; su ropa, quebradiza, lustrosa y endurecida como las fibrosas plumas de un pájaro. Y ahí estaba ella, la “deidad bizarra”: Billie Holiday.

Por la noche bajo la luz de luna del frío invierno, alrededor de 1943, el desfile urbano era de una naturaleza benigna. Los adolescentes estaban entonces dormidos y la amenaza estaba solo en el paisaje, en la estética. Nieve sucia en los desagües, una cubierta negra de zapato extraviada, un par de pantaletas blancas, tal vez lanzadas desde un auto que pasaba. La disipación homicida fluía con la música, inseparables, carne y hueso. Y siempre la autodestrucción luminosa de ella.

Estaba gorda la primera vez que la vimos, grande, resplandecientemente bella, gorda. En ese momento parecía que nunca regresaría a ser de nuevo casi una matrona, alguien real y sensible que cargaba dinero al banco, firmaba papeles, que mandaba hacer cortinas para combinar, vestidos colgados, zapatos en pares, oro y plata, blanco y negro, preparada. Qué extraña, traidora aparición era esa, una locura, porque nunca mujer alguna fue menos una esposa o madre, menos apegada; ni siquiera podía aparentar fácilmente ser una hija. Poco evocaba la compasiva dulzura de una niña. No, ella era radiante, sombría y solitaria, aunque nunca estaba sola, nunca. Imponente, siniestra, y absolutamente determinada.

Los labios cremosos, los párpados grasos, el violento perfume –y en su voz las eles y erres tropicales –. Su presencia, su canto provocaba una ansiedad extendida e inflamatoria. Uñas largas y rojas y el sonido de guitarras eléctricas. Ahí estaba una mujer que jamás había sido cristiana.


[1] “Por todo por lo que es maravilloso, es el mar, creo, el mar mismo, ¿o es sólo la juventud? ¿Quién sabe? Pero todos ustedes, todos sacaron algo de la vida: dinero, amor, lo que sea que uno obtiene en la costa, y, díganme, ¿no fue ésa la gran época –aquellos tiempos cuando éramos jóvenes en el mar; jóvenes y no teníamos nada, en el mar que no da nada, excepto duros golpes, y a veces una oportunidad de probar la propia fuerza–, y solo ella, la que todos ustedes extrañan?” Juventud, Joseph Conrad. (fragmento)

http://www.youtube.com/watch?v=1Z_gvHHKV7U

http://www.nybooks.com/books/imprints/classics/sleepless-nights/

http://www.nybooks.com/articles/archives/1976/mar/04/billie-holiday/

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