Cierra los ojos. Respira. El aire te recorre en un flujo que despierta tu cuerpo. Te anda de a poco levantando, en su paso tranquilo, un leve cosquilleo que te abre la piel a lo que te rodea, los labios se te hinchan y como consecuencia el pecho se ensancha, la boca del estómago punza en un espasmo acariciante, sientes las costillas extenderse y enumeras todo lo que se guarda y vive dentro de los confines de esa caja acústica, reconoces tu ritmo, su polifonía y la clave en que está afinado; sigues sus emisiones en el pulso de tus muñecas y sus explosiones arrítmicas en las yemas de tus dedos. La vida en tu cadera despierta cuando el aire termina de recorrer tu columna vertebral, en su paso por tus muslos se despiertan los recuerdos de quien los ha tocado, medido, determinado su orografía, las fallas se acomodan en tus piernas y sus placas que se enraizan en tus pies. Un último aliento te delinea el empeine, tus dedos cosquillean.
Estás en un sillón rojo, frente a una puerta, no hay ventanas adentro, la única luz entra por las rendijas de la puerta y es muy intensa, alcanza a definir los surcos en el piso de madera cercano a la puerta y da una aproximación al tono de rojo del sillón y su textura sobre la que tu cuerpo se adhiere, tu espalda y piernas están con todo su peso sobre el sillón. Sólo miras la luz que entra por la puerta, no alcanzas a definir las dimensiones del cuarto que te rodea. Comienza a llover, la luz disminuye y la penumbra te absorbe, escuchas la lluvia, por su contacto con el techo puedes concebir las dimensiones de lo que te rodea, mientras más fuerte llueve se incrementan los detalles.
Una gota cae en la punta de tu nariz, te recorre adherida a tu contorno desde el punto en el que cae hacia tu boca por la hendidura que anuncia tus labios, la dejas seguir, no la sorbes, la gota dibuja tu contorno, te describe en la oscuridad, puedes seguir la línea de la gota y dibujarte mentalmente.
Otra gota cae detrás de ti, escuchas el eco expanderse, un instante después el cuarto se llena de goteras y ecos, terminas por conocer los confines de ese cuarto. La luz que entra por la puerta poco a poco recupera su intensidad y se refleja en las gotas que caen desde el techo frente a la rendija de luz. Con cada gota te pega un destello en la cara. Las goteras de todo el cuarto y la luz en tu cara se coordinan intermitentemente.
Piensas en lo que deseas. En ese deseo que toma forma mientras la gota termina de recorrerte. Tu deseo te define, sientes sus raíces en el sonido que retumba entre tus costillas.
Afuera, lejos, o cerca, quién sabe, tu deseo crece como el brote de una fruta en un árbol. Te imaginas ese árbol y el progresivo crecimiento de tu deseo.
Adentro, las goteras crecen en número, de golpe diluvia dentro del cuarto y te ensordeces, la luz se intensifica ante tus ojos entrecerrados por el caudal que los atraviesa. Tu espalda se desprende del sillón y la tibieza de tu piel se violenta ante un ráfaga fría que te hace levantarte de un salto y correr entre charcos hacia la puerta. El picaporte está caliente y tu cuerpo agradece el alivio en tu mano contra la tempestad que azota el cuarto cuyos límites se han desvanecido de nuevo.
La puerta se desvanece, te encegueces, te quedas plácidamente dando una mejilla a la luz, entiendes lo que es extrañar el calor. Al recuperar la vista te encuentras con un bosque sudoroso que se extiende sobre una pendiente. El árbol del que cuelga tu deseo creciente se encuentra en la cima. Subes a una velocodad increíble, sobre un camino de hojas húmedas y lodo que te refrescan las plantas de los pies, esquivas matorrales, grandes hojas te dan en la cara. El calor llega desde abajo, acelerando tu paso.
Tu aliento se corta al acercarte a la cima. Vislumbras el árbol único que se diferencia del resto y se separa de ellos en la cumbre despejada sobre la que el sol se tiende en una sola sombra vegetal de la que cuelga tu deseo. Algo te oprime el pecho conforme te acercas, debajo del árbol miras tu deseo colgante, es preciso, lo imaginaste como una gota de agua delinea un cuerpo al recorrerlo, tiene esas dimensiones y la textura que suponías, sabes si al cargarlo es posible que te espines o te acaricie como un durazno. Subes al árbol en un último respiro, quieres alcanzarlo, terminar de crearlo al tocarlo definitivamente, el aire te abandona a sólo palmos del fruto. Tu peso sobre la rama que presume tu objetivo comienza a doblarse a causa de tu peso, necesitas aire, tu brazo se extiende fuera de ti, tu deseo se desprende del árbol súbitamente, lo miras caer mientras todo se desvanece alrededor, sólo existe la caída de ese codiciado tesoro, lo miras estrellarse en el suelo, explotar, esparcir toda su pulpa colorida sobre la hierba, adentro de ti todo se detiene un instante, mientras, haces un posible inventario de cada una de las piezas en las que se rompió.
Escondes el rostro en el brazo, reconoces tu sudor cubriéndote.
Un breve ruido te avisa que tu cuerpo vence a la rama infame que ha dejado caer algo de ti. Alzas la cara en un espasmo, el aire irrumpe violentamente en tu nariz y boca y te llena, entonces ya no ves sino el paisaje. Un valle se desprende del pie del cerro hacia una montaña con un pico inaudito cubierto por nubes blancas. La primera impresión te dice que son árboles informes los que cubren ese valle extenso. Te frotas los ojos y enfocas de nuevo, descubres que lo que cubre tu perspectiva son miles de viejos molinos de viento inmóviles y apacibles, no hay ruido ni viento, te escuchas respirar desde adentro, exploras todo lo que hay frente a ti.
Bajas del árbol mientras tu ritmo cardiaco se acomoda entre tus costillas. Caminas hacia el borde que anuncia la caída hacia el valle. Tus pies pisan los restos de tu deseo sin causarte incomodidad alguna. En el borde del abismo te detienes e inhalas profundamente, al expulsar el aire surge un sonido como de bola de nieve que rueda y comienza a extenderse de a poco por el valle, se incrementa monstruosamente hacia los molinos de viento que giran uno tras otro tranquilamente en el transcurrir del sonido que parece atravesar el valle y romperse en la montaña al otro lado, las nubes que cubren el pico se mueven y esculpen una historia, son rostros, animales, monolitos, flores, monstruos, cuerpos desnudos. Todo se detiene de nuevo en el valle, las nubes se pierden a lo lejos. Te sientas en el borde y te recargas sobre las palmas de tus manos. Soplas despacio hacia los molinos que vuelven a girar, retomas tu respiración tranquila, es ella la que mueve el valle, el cansancio te hace recostarte y tu respiración se pierde en el ritmo de la vigilia mientra alimenta a los molinos, te dejas llevar por el sueño con la certeza de que mientras duermes el aire seguirá su curso.