Posteado por: Chupón | Septiembre 21, 2009

remedio casero

“… and the beauty of things must be that they end”                                                          Jack Kerouac

Cuánto y de cuántas formas se puede hablar de lo que duele. Hay una herida para cada par de oídos dispuestos, consecuentes o escépticos, que atentos se disponen ante el mismo caudal de palabras que sólo termina remontándolos a su propio infierno o a su fortuna. Una herida son tantas como los oídos que la eximen, incluyendo al terapeuta que encuentra el archivero preciso. Son los labios los jueces implacables y corruptos que debieran posarse y chuparla, sorber el veneno y escupirlo tantas veces como sea necesario antes del entumecimiento y la gangrena consiguiente, cuántos miembros amputables se han salvado, de cuántas parálisis coronarias y edificios inteligentes a prueba de minusválidos hemos prescindido.

 

Posteado por: Chupón | Agosto 14, 2009

Imagina

 

Cierra los ojos. Respira. El aire te recorre en un flujo que despierta tu cuerpo. Te anda de a poco levantando, en su paso tranquilo, un leve cosquilleo que te abre la piel a lo que te rodea, los labios se te hinchan y como consecuencia el pecho se ensancha, la boca del estómago punza en un espasmo acariciante, sientes las costillas extenderse y enumeras todo lo que se guarda y vive dentro de los confines de esa caja acústica, reconoces tu ritmo, su polifonía y la clave en que está afinado; sigues sus emisiones en el pulso de tus muñecas y sus explosiones arrítmicas en las yemas de tus dedos. La vida en tu cadera despierta cuando el aire termina de recorrer tu columna vertebral, en su paso por tus muslos se despiertan los recuerdos de quien los ha tocado, medido, determinado su orografía, las fallas se acomodan en tus piernas y sus placas que se enraizan en tus pies. Un último aliento te delinea el empeine, tus dedos cosquillean.   

Estás en un sillón rojo, frente a una puerta, no hay ventanas adentro, la única luz entra por las rendijas de la puerta y es muy intensa, alcanza a definir los surcos en el piso de madera cercano a la puerta y da una aproximación al tono de rojo del sillón y su textura sobre la que tu cuerpo se adhiere, tu espalda y piernas están con todo su peso sobre el sillón. Sólo miras la luz que entra por la puerta, no alcanzas a definir las dimensiones del cuarto que te rodea. Comienza a llover, la luz disminuye y la penumbra te absorbe, escuchas la lluvia, por su contacto con el techo puedes concebir las dimensiones de lo que te rodea, mientras más fuerte llueve se incrementan los detalles.

Una gota cae en la punta de tu nariz, te recorre adherida a tu contorno desde el punto en el que cae hacia tu boca por la hendidura que anuncia tus labios, la dejas seguir, no la sorbes, la gota dibuja tu contorno, te describe en la oscuridad, puedes seguir la línea de la gota y dibujarte mentalmente.

Otra gota cae detrás de ti, escuchas el eco expanderse, un instante después el cuarto se llena de goteras y ecos, terminas por conocer los confines de ese cuarto. La luz que entra por la puerta poco a poco recupera su intensidad y se refleja en las gotas que caen desde el techo frente a la rendija de luz. Con cada gota te pega un destello en la cara. Las goteras de todo el cuarto y la luz en tu cara se coordinan intermitentemente.

Piensas en lo que deseas. En ese deseo que toma forma mientras la gota termina de recorrerte. Tu deseo te define, sientes sus raíces en el sonido que retumba entre tus costillas.

Afuera, lejos, o cerca, quién sabe, tu deseo crece como el brote de una fruta en un árbol. Te imaginas ese árbol y el progresivo crecimiento de tu deseo.

Adentro, las goteras crecen en número, de golpe diluvia dentro del cuarto y te ensordeces, la luz se intensifica ante tus ojos entrecerrados por el caudal que los atraviesa. Tu espalda se desprende del sillón y la tibieza de tu piel se violenta ante un ráfaga fría que te hace levantarte de un salto y correr entre charcos hacia la puerta. El picaporte está caliente y tu cuerpo agradece el alivio en tu mano contra la tempestad que azota el cuarto cuyos límites se han desvanecido de nuevo.

La puerta se desvanece, te encegueces, te quedas plácidamente  dando una mejilla a la luz, entiendes lo que es extrañar el calor. Al recuperar la vista te encuentras con un bosque sudoroso que se extiende sobre una pendiente. El árbol del que cuelga tu deseo creciente se encuentra en la cima. Subes a una velocodad increíble, sobre un camino de hojas húmedas y lodo que te refrescan las plantas de los pies, esquivas matorrales, grandes hojas te dan en la cara. El calor llega desde abajo, acelerando tu paso.

Tu aliento se corta al acercarte a la cima. Vislumbras el árbol único que se diferencia del resto y se separa de ellos en la cumbre despejada sobre la que el sol se tiende en una sola sombra vegetal de la que cuelga tu deseo. Algo te oprime el pecho conforme te acercas, debajo del árbol miras tu deseo colgante, es preciso, lo imaginaste como una gota de agua delinea un cuerpo al recorrerlo, tiene esas dimensiones y la textura que suponías, sabes si al cargarlo es posible que te espines o te acaricie como un durazno. Subes al árbol en un último respiro, quieres alcanzarlo, terminar de crearlo al tocarlo definitivamente, el aire te abandona a sólo palmos del fruto. Tu peso sobre la rama que presume tu objetivo comienza a doblarse a causa de tu peso, necesitas aire, tu brazo se extiende fuera de ti, tu deseo se desprende del árbol súbitamente, lo miras caer mientras todo se desvanece alrededor, sólo existe la caída de ese codiciado tesoro, lo miras estrellarse en el suelo, explotar, esparcir toda su pulpa colorida sobre la hierba, adentro de ti todo se detiene un instante, mientras, haces un posible inventario de cada una de las piezas en las que se rompió.

Escondes el rostro en el brazo, reconoces tu sudor cubriéndote.

Un breve ruido te avisa que tu cuerpo vence a la rama infame que ha dejado caer algo de ti. Alzas la cara en un espasmo, el aire irrumpe violentamente en tu nariz y boca y te llena, entonces ya no ves sino el paisaje. Un valle se desprende del pie del cerro hacia una montaña con un pico inaudito cubierto por nubes blancas. La primera impresión te dice que son árboles informes los que cubren ese valle extenso. Te frotas los ojos y enfocas de nuevo, descubres que lo que cubre tu perspectiva son miles de viejos molinos de viento inmóviles y apacibles, no hay ruido ni viento, te escuchas respirar desde adentro, exploras todo lo que hay frente a ti.

Bajas del árbol mientras tu ritmo cardiaco se acomoda entre tus costillas. Caminas hacia el borde que anuncia la caída hacia el valle. Tus pies pisan los restos de tu deseo sin causarte incomodidad alguna. En el borde del abismo te detienes e inhalas profundamente, al expulsar el aire surge un sonido como de bola de nieve que rueda y comienza a extenderse de a poco por el valle, se incrementa monstruosamente hacia los molinos de viento que giran uno tras otro tranquilamente en el transcurrir del sonido que parece atravesar el valle y romperse en la montaña al otro lado, las nubes que cubren el pico se mueven y esculpen una historia, son rostros, animales, monolitos, flores, monstruos, cuerpos desnudos. Todo se detiene de nuevo en el valle, las nubes se pierden a lo lejos. Te sientas en el borde y te recargas sobre las palmas de tus manos. Soplas despacio hacia los molinos que vuelven a girar, retomas tu respiración tranquila, es ella la que mueve el valle, el cansancio te hace recostarte y tu respiración se pierde en el ritmo de la vigilia mientra alimenta a los molinos, te dejas llevar por el sueño con la certeza de que mientras duermes el aire seguirá su curso.

Posteado por: Chupón | Agosto 14, 2009

Mala racha

 

Huir de las muertes próximas, de los decesos cerebrales y el conteo de cuerpos del pesimista, de la fantasía de ocupar siempre el papel de héroe pese a las desastrosas y frías estadísticas, de las ficciones de los padres sobre la culpa y el perdón propio. Huir de sí, vivir adentro sólo lo estrictamente necesario, ocupar el lugar, esparcirse en la vida, ocuparse de todo menos de sí, por vanidad, masoquismo, ficción, necesidad de conflicto o ganas de reír con mayor frecuencia a costa de uno. Empezar a ocupar la muerte, a celebrarla viviendo porque es la meta precisa, única, que prescinde de sí misma cuando se evalúa  lo que la hizo llegar y no lo que trajo consigo.

Posteado por: Chupón | Junio 2, 2009

imágenes al vuelo

 

En un día que dicidió nombrar poco común, como le pasaba todas las mañanas mientras se inventaba augurios pesimistas reponiéndose luego con una automotivación basada en los posibles climas de la boca de su mujer; Hassan digería el frío y se entusiasmaba la lengua mientras escuchaba las goteras que se filtran en la covacha, entre el sonido de cada gota contaba las posibles pérdidas, la vieja colección de timbres postales era lo único que le preocupaba, tenía muchas cartas pendientes y un timbre para cada carta y destinatario; sin llegar siquiera a la mitad del inventario memorizado, el timbre, la carta y el rostro al que se dirigía, el goteo lo regresó progresivamente al ensueño y le acariciaba los párpados, plácido y adormecido empezó a pensar en lugares comunes, en cómo hacer parábolas de cuerpos, como si los poros, uno, pudiera hacer las de hueco en el que cupiera todo el mar antes que cualquiera encontrara nombres, justificaciones o argumentos tramposos para su fe; definir destinos antes que caminar un paso siquiera, “pero si una cosa no lleva a la otra”, pensó. Al abrir los ojos un pájaro negro afilaba el pico sobre el respaldo de madera sobre su cabeza, se preparaba para sacarle los ojos, sus pensamientos al vuelo la causa de su ceguera.

Posteado por: Chupón | Abril 28, 2009

Concierto de infiernos

Yo debería tener un infierno para mi cólera,

un infierno para mi orgullo,

y el infierno de las caricias;

 un concierto de infiernos.

Jean Arthur Rimbaud

       Pasada la media noche comenzó a regodearse en la idea de qué pasaría si muriera en ese instante. No a causa de una epidemia o una catástrofe natural, eso sería magnicidio, además, nunca ha tenido acceso a esos recursos, los grandes castigos siempre han sido privilegio de otra dependencia. Más bien, qué pasaría si por fin algo se le quebrara adentro, por fin un paro cardiaco. Cuántos días pasarían antes de que alguien lo encontrara, así, con la mano entumida, los dedos encajándose en su pecho como si quisiera arrancarse algo.

Cayó en cuenta del silencio que desde hace días tenía sedada a la ciudad precisamente al escuchar el canto de los pájaros que creía extintos en los cables de luz, como en el campo, se podía concebir la distancia entre los ladridos de los perros, de la vecindad adjunta a la colonia próxima. Pesaba sobre la ciudad un silencio como el que recorre a los que por primera vez no saben qué contestar, acostumbrados a tener una respuesta para todo. Concluyó que tal vez pasaría mucho tiempo antes de que alguien lo encontrara inflexible, con las pupilas dilatadas y las uñas aún creciendo, inerte en esa incómoda cama. Entonces dibujó en su cabeza, como tantas veces lo había hecho, la cama en la que alguna vez quiso morirse.

Salió. Al empezar a caminar los ladridos se desvanecieron progresivamente de la vecindad a la colonia. A su paso acallaba los ronquidos de los habitantes, en las fachadas de la calle desierta se cerraban las últimas ventanas abruptamente, una mujer con tapabocas clausuraba el vano de su balcón tras pronunciar un difuso y dramático “no vaya a ser el diablo”; huían del silencio callejero los últimos insomnes para refugiarse en la televisión, con tristeza espiaba las ventanas iluminadas por los aparatos para corroborar que esa noche nadie miraba pornografía.

La luz de un escaparate publicitario le definía las sombras en la cara, le inventaba emociones a su gesto sobrio, ensimismado, mientras esperaba un taxi. “Y si se me quebrara aquí, cuánto tiempo pasaría…”, tal vez a la mañana los barrenderos lo picarían con la escoba esperando una reacción, al menos la gente lo miraría al pasar como miran a los teporochos inertes mientras se preguntan si estarán vivos antes de volver a su camino.

El taxista le abrió la puerta sin premeditaciones esbozando una sonrisa de complicidad. Tomaron el camino hacia la salida de la ciudad, “es largo el camino”, le dijo mientras encendía la luz interior y le extendía el periódico y un par de libros, “uno de esos lo escribí yo”, sacándolo de la hipnosis en que lo mantenía el recorrido por la ciudad latente. Negando con la cabeza regresó a la ventana, comenzaba a desear que no se le quebrara en ese momento en manos de aquel desconocido que lo miraba como reconociéndolo, como si supiera quien era y lo que hacía pero de acuerdo con mantenerlo en secreto a cambio de una plática cualquiera chofer-pasajero, “sabe, yo soy escritor, y creo que en realidad no hay muchos libros sobre el diablo, no los suficientes, dios, cualquiera, habita muchos libros, las palabras se hilan bajo la noción de su existencia, en torno a las dudas de los autores o de sus personajes sobre su propia fe, miedosos por haberla perdido o eufóricos de su encuentro o recuperación en un momento de lucidez extrema, aunque ni siquiera se mencione el nombre de aquel todopoderoso en edición de bolsillo… mire, la verdad es que la mayoría hablan de lo contrario, o sea, de la ausencia de dios, pero no del diablo, la ausencia recurrente, incisiva, que pone en duda y es más fuerte y fría mientras más se le nombra”. A lo que él respondió con un largo bostezo, tomando el periódico y simulando una lectura interesada al tiempo que calculaba una y otra vez las dimensiones de la cama a la que se dirigía. Al bajar se sintió aliviado.

Al pie de la estrecha pendiente empedrada miró al auto alejarse, después hacia la cima, el silencio de días también le permitió encontrar estrellas que pensaba extintas, mientras subía las contaba recordando sus nombres, el eco violento de sus pasos le hacía contar desde el inicio una y otra vez. Lo distrajo de pronto la intermitencia de una serie de luces navideñas con tono de villancicos que adornaban un zaguán. “Por dios, al principio de la primavera…”, pensó.

En la cima encontró la casa que buscaba, en la fachada ondeaba una lengua de tela que entraba y salía por la ventana con la respiración de quien ahí dormía. Trepó, por la ventana entró al cuarto, haciendo a un lado la cortina un vaho tibio le golpeó el rostro definiéndole las sombras. Las dimensiones de la cama se ajustaban a sus bocetos mentales, al mirar a la mujer que ahí dormía se pensó como un reloj por el que escurren con precisión los granos de esa piel de arena. Se acostó a su lado, la idea de su muerte lo abandonó, así, como se abandona a dios cuando todo está bien.

Posteado por: Chupón | Abril 22, 2009

Miscelánea

“Por qué se me vendrá todo el amor de golpe cuando me siento triste y te siento lejana”

Pablo Neruda

Y así me ando de palmas por la vigilia mientras me crece un árbol en la barriga. Un árbol de sombra cuyas hojas diminutas se contraen ante cualquier atentado del tacto, alejándose,  se confabula el follaje enraizado en mi estómago para eludirme, los recuerdos lo riegan, la saliva agridulce de un olor lo riega a cuenta gotas, esas palabras que se me escapan, las mil y una formas de nombrar en noches sucesivas, lo que contienen los ojos, el reflejo disuelto de una luz sin origen sobre ellos, los destellos de enunciados sublimes que los describen, los refugios incandecentes que desbordan la lengua hasta inutilizarla, el decálogo del escritor sin oficio, las reglas ocultas en la piel de lo que desea, la adrenalina tibia en el flujo de la tinta, la lluvia que se filtra y gotea incisiva en la estructura de una casa rodante, cada una de las figuras inucitadas en la memoria, su búsqueda, su extorsión, los monólogos de la envidia, la distorsión de los otros del propio infierno, todas, una, el resto de las letras alternadas que describen lo que se desvanece después del diluvio, las historias ancladas al silencio de los murmullos internos, terminar siempre con la imagen en la cabeza del sueño de una cadera en la mañana, los hábitos de recolección y la ignorancia de su verdadera utilidad. Todas, una, el resto de imágenes que no emergen, que no encuentran una historia, una estructura, una hoja en blanco al vuelo con caracteres tan finitos como los ojos que la rasgan o acarician o encuentran su propio reflejo.

La última vez que nos miramos traías un grillo en la garganta y luciérnagas en los pezones. Caminé por un sueño en el que toda luz era un ruido en tu cuerpo. Andubimos por los filos de la clavícula  y nos dimos un dulce estrangulamiento, como estrechando manos nos apretábamos los cuellos, las palabras abruptas hinchándonos los labios y el jadeo exhaustivo del corazón apostado; mientras te ahorcaba el grillo escapó, entonces no pude evitar morderte los pezones. Ya escurría tinta e ilusiones, el silencio incómodo nos puso a describir recuerdos: bailábamos, como siempre, entre marchas fúnebres nos alineábamos los pasos, tenías los labios hinchados, apenas cubiertos por el velo de tu saliva y el silencio se te agolpaba en el vientre. Bailábamos, me sujetabas intermitentemente la mano, con la otra me manoseabas el corazón y de vez en vez te cerciorabas de que la erección permanecía en su lugar y no se había fugado con mis pensamientos a otra falda. Me tenías sujeto a tu ritmo, te subías a mis pies, insitías en llevar el ritmo, como siempre.

Hay que extorsionar a la melancolía a como dé lugar, amordazarla y ponerla a escuchar marchas fúnebres, canciones de amor, que se ponga caliente y se venga en tinta entre las piernas de lo que no se posee, sobre el espejismo de las posesiones y los intereses que acumulan hasta que se cambian por un nuevo recuerdo. Hay que cansar a la melancolía hasta que se duerma y dé paso a otras historias, las que cualquiera imagina sin importar si el día está nublado, si hay un deseo sin cumplir o se tiene a la soledad como película favorita.

Posteado por: Chupón | Febrero 21, 2009

Varias cosas, y en orden

 

1.

“Mi padre duerme. Su semblante augusto

figura un apacible corazón;

está ahora tan dulce…

si hay algo en él de amargo, seré yo.

“Y mi madre pasea por allá en los huertos,

saboreando un sabor ya sin sabor.

Está ahora tan suave,

tan ola, tan salida, tan amor.”

César Vallejo , Los Pasos Lejanos (fragmento)

 

2. Mamá dice que la culpa de que yo sea como soy la tienen mis abuelos. Y siento un alivio tan dulce, un zape cuando aún no despiertas, una revelación tan necesaria, una cruz menos qué cargar en el hecho de no tener que culpar a mis padres de ser como soy. Tal vez por eso nunca he tenido la urgencia de asistir al terapeuta (sólo la intención), eso o adjudicarle a Concha (una de mis tantos abuelos, aún no alcanzo a distinguir cuántas personas habitaron a mis abuelos, o habitan a mis padres) la manía de buscar siempre el tramposo argumento para tener la razón.

Es dulce culpar a ese señor que citaba a “Chopenhauer” cuando estaba borracho. A ese viejo “tan ola, tan amor” que escondía una libreta repleta de citas de Amado Nervo y palabras suyas con las que me confronto cada tercer día: “vive tu vida práctica… los soñadores sobran… no seas un soñador de quimeras” (y yo con este pleito casado con las oficinas); y todo eso que pensaba nadie lo supo hasta que murió, me hubiera gustado ver la expresión y acariciar el rostro de mi abuela después de descubrir a ese compañero que tal vez no conocía. Es una libreta pequeña, como de bolsillo de camisa. Imagino que la consiguió en alguno de sus primeros trabajos. En la primera hoja anuncia a una solemne y confiable empresa de créditos hipotecarios. En la segunda viene un espacio para poner los datos del propietario: Nombre: Javier Rodríguez. Edad: 20 años. En caso de accidente notificar a: Javier Rodríguez. Dirección, teléfono, etc. Pero él agregó a mano: Estatura: 1.60 metros o un mil seiscientos milímetros, como mejor le parezca. Nariz: Aguileña imperial. Labios: delgados y de buen tiempo. Caracter: Apático, flemático, simpático, ático. ” Labios de buen tiempo”, quién fuera meteorólogo de bocas. En fin, mamá dice que es culpa de mis abuelos que soy como soy porque de niño me ponían mucha música… entonces me pregunto qué hubiera pasado si de chamaco no hubiera agarrado la maña de aventar desde el segundo piso los discos de mi abuelo como platillo volador hacia el techo de lámina del patio de los vecinos… o si no se me hubiera ocurrido meter el tenedor en el enchufe.

3.  MONCHE (I)

De cuanto tiene prohibido Monche, ir a asomarse a casa de Ana Rita es lo que más le contenta. Y de entre todas sus angustias, ésta es la que menos le llena de quejas la panza a su madre, quien se ennegrece los callos en el comal por las mañanas, mientras mira a Monchito salir que vuela apenas empieza a destellar el cielo tras el cerro verde a sus espaldas.

 

     Apenas se escucha la jícara cayendo, el golpeteo del agua escurrir desde una cabecita y caer sobre el polvo, unos pasos cortos que se arremolinan con fuerza hacia la puerta que se azota al momento en que la mano izquierda de la madre se gana una nueva ampolla en uno de los pocos espacios suaves en su mano. ¡Monche, chingá! El grito tardío arrastra el rencor contra el fuego y el coraje de haberse perdido el momento en que debía recordar al niño sus deberes antes de salirse a asolear la infancia. Le queda nada mas que maldecir en murmullos todo lo que de mal augurio existe en esa cocina, empezando por su izquierda, el “buenos días” aletargado que siempre acompaña a la mano que le agarra las nalgas, la sonrisa obligada por la cosquilla en el precipicio de su espalda, la marea roja que empieza a menguar bajo el creciente que se pone después de la temporada de lluvias y el salitre sobre la madera que le calendariza los recuerdos… ¿Qué, mamita, se quemó de nuevo?, le dice el hombre que ahora reposa el pelvis acostumbrado sobre los bordes entre los que se hunde la cosquilla, el de la misma voz que un segundo después le toma la mano izquierda, sin sutilezas la lleva hacia sus labios y le empapa el dedo con una saliva que en ayunas lo cura todo… De todas formas irá a dar a esa casa alguna vez, mejor que la vaya conociendo, antes de que se le ocurra pasarse a la gallina… murmulla la madre, mientras el dedo humedecido entre unos labios tibios y resecos cesa en reclamos. ¿Qué dice, mamita? Nada, el niño… ven, siéntate, desayuna rápido, que quiero otro hijo.

Posteado por: Chupón | Febrero 12, 2009

El deseo aciago

 

Sentado en mis bordes miro los caminos posibles. ¡A la derecha!, instiga la piel que vislumbra el vasto desierto con el hambre paciente que la guía hacia la arena, con toda la ansiedad que se reconoce en el deseo del órgano caudal de lenguas de absorber cada grano como una caricia. No será sino la izquierda el confín de toda memoria, dice grave el corazón desde su caja, relegado a su resonancia, melancólico de resistencia se eleva como un puño en su velo rojo. Abajo, el sueño. Arriba… por ahí sólo anda la mirada, cansada de los mismos esbozos e historias de las nubes pero siempre esperando que cuenten lo que espera, que le digan lo que quiere escuchar.  

 

Sin prisa descanso sobre mis fronteras, mirando lo que promete el regreso o la fuga a la siguiente línea divisoria. Entonces me siento en mi deseo, me acomodo sobre él y pienso en otro camino. El deseo comienza a incomodarse y se clava en mi trasero. Me ladeo y lo saco, lo manoseo, lo observo hundiéndose en las líneas de mi mano, me froto las sienes y la frente con él, le paso la lengua por encima y lo huelo mezclado con  saliva. Vuelvo a sentarme en mis bordes, en los filos y cornisas del olor de ese deseo que se encaja bajo mis muslos. De pié, a punto de dar un paso y caer hacia el sueño, pestañeo la visión de esos límites cortantes sobre los que descansaba, pienso en cómo acostarme sobre ellos, acomodarlos a lo largo de la espina y alinearme las cervicales, pero luego pestañeo el vaivén de mis palabras, la descripción de mi deseo péndulo de cuerda, reloj de arena, fonógrafo, carrito de fricción, pluma de repuesto. Parpadeo mi continuidad, clausuro los ojos hasta que mis retinas se desvanecen y obligan a la memoria o la imaginación a convertir mis bordes en los tuyos, los que parpadeo de tu cuerpo, misma frontera sobre la que me acuesto en el sueño, cornisa afilada en la que yace mi espalda, último asilo de mis decisiones y encrucijada en la que caudal de lenguas y el eco del puño resonante confluyen.

 

Posteado por: Chupón | Enero 16, 2009

Escribidurías semi automáticas

 

Soñaba el alma de piedra que el amor era un cuchillo que se afilaba en ella

El Turco Abud

 

* No confío en la escritura automática, en su gramática interplanetaria y sus signos de puntuación retardados, su política del subconsciente y sus sorpresas tibias como la fiesta sorpresa que ya esperabas. El caso es no volver atrás a ensimismarse con lo que se ha escrito para hacer un auto sicoanálisis con el mismo entusiasmo con el que se descubre una obsesión, una gripa o una enfermedad venérea en alguien que no sabía que la tenía, para luego llegar a la conclusión de que todo ha sido un invento, una consecuencia de querer tener algo que contar o simplemente estar cansado, sólo un poco, del silencio o de los monólogos. Qué mejor razón podría tener el miedoso para no confiar en la escritura automática.

Sin embargo es mi propósito de año nuevo, la intención es pasar de las fantasías editoriales a la concreción de las historias, letras, ideas sumadas que me ayuden a cumplir mis fantasías sexuales. El objetivo sería ensayar aquí lo que me permita acercarme a ciertos labios… a cierto dulce sabor. Aunque la idea del ensayo pone triste, no hay como el impulso de hacer una estupidez, aunque no me lo permita con la frecuencia necesaria para tener qué contar, restarle importancia a la violencia del “no”.

* ¿Cómo será una persona obsesiva? Clínicamente obsesiva, quiero decir. El Dr. Chino ni siquiera daría importancia a mis síntomas, me miraría como aquel día en que nos hablaba sobre sus casos de Trastorno Obsesivo Compulsivo: “pero si yo hago ese tipo de cosas”, le dije, y mirándome de soslayo, como quien escucha algo a lo que preferiría no contestar, me respondió que todos hacíamos cosas similares, pero que en realidad nada de eso tenía comparación con ninguno de los que se consideran como síntomas. ¿Entonces cómo se cataloga a esas personas que encuentran, que se encuentran en uno o varios de los síntomas adjudicados a un verdadero enfermo? ¿Qué clase de tratamiento dan a los hipocondriacos o a los masturbadores mentales?

* Hago recuentos como terapia, trato de recordar en qué momento ella regresó a mi cabeza con la contundencia, la intolerancia a la luz y la incapacidad física que provoca una migraña, mientras yo contaba los vellos de piel de durazno que cubren el corazón y el pubis de una ciudad inasible, que por momentos creo que puedo poseer cuando es ella quien lo hace, ineluctable, como se posee a una mascota que se deja libre asumiendo que olerá el camino de regreso después de dispersar sus heces y marcar su territorio un árbol tras otro, un perro que se detiene en un espasmo para entregarse a las pulgas sin que pase por su cabeza: “para qué rascarme si nunca se va a ir la comezón”, el placer está en rascarse, no en ahuyentar a las pulgas.

* Todo se contrae mientras el espacio se hace más grande, como uno de esos artilugios de cámara que se aproximan a un detalle, un rostro sorprendido podría ser, mientras la habitación pierde toda proporción. Al alzar la vista y mirar tanto espacio expandiéndose por voluntad propia sólo se puede decidir hacer un recuento de las fotografías, muebles restaurados y personas que podrían llenarlo con el único objetivo de que adentro todo se acomode: el péndulo incisivo, el motor del refrigerador desaprovechado que sigue gastando demasiada luz, la tubería que se queja impertinentemente, el agudo y sutil estruendo de los tímpanos al final del día cuando no hay más qué escuchar, lo que prometen los sonidos callejeros para quien no tiene planes para el encierro y sin embargo no sale, el martes… la madrugada del miércoles tiene el silencio más triste de la semana, el jueves todo cambia, llegan los arrullos de los mariachis lejanos y las fantasías de lo que uno se pierde mientras duerme o lo intenta al menos. Este espacio vacío de eso se llena mientras se expande, de los inventarios de deseos y quimeras, de la decisión de no hacer la llamada para escuchar esa voz antiinflamatoria por temor a no tener qué decir.

* Los duelos, los lutos, no siempre se empiezan a contar desde el momento en que uno pierde una mano, un ojo, una parte de la boca, la capacidad de digerir la lactosa, a la persona que se tiende a tomar el sol a tu lado día a día. El duelo comienza al vislumbrar la posibilidad de perder la nuca en la que la mano se enreda, de no volver a mirar de la misma forma con luz de día, de acostumbrarse a no tener boca, en el momento en el que un vaso de leche inflama la boca del estómago. El duelo comienza cuando entiendes que eso que hoy te ensancha las comisuras mañana será un hábito imperceptible, o tal vez una incomodidad de la que no se escapa mas que huyendo.

* Hoy vi en pantalla* un bosque de rehiletes, tantos molinos de viento como árboles desplegados en un valle interminable, árboles y molinos entrelazados, cubriéndose del polvo los unos a los otros y alimentándose de él al mismo tiempo. Un bosque de gigantes temperamentales, la ficción de todo caballero y la justificación del yelmo y la coraza que guardan la locura, la esperanza de defenderse de algo, combatirlo, hacerlo esclavo de sí, protegerse no tanto del gigante como del viento que lo aviva e impulsa contra los miedos. ¿Por qué cubrirse el pecho sino por la certeza de que se pretende, se necesita dañar, destruir, no al gigante sino al aire motor de toda fantasía?  (*Werner Herzog, Signos de vida, 1968 )

 

A PUNTA DE MARTILLO

 

Queridos todos… disculpen, lo de “queridos” es solo una formalidad. Queridos todos: aunque aparenten no reconocerme detrás de su luto -sé que me ausenté mucho tiempo -, al igual que ustedes estoy aquí a causa de los recuerdos. ¿No les parece conmovedor que una sola persona sea capaz de reunir a tantas personas extrañas? Por lo menos para mí. Recuerdo algunos de sus rostros, pero sería un error tratar de designarles un título, cuando se trata de borrar los recuerdos y de que los recuerdos te borren no hay nada mejor que empezar por eliminar el nombre. También por eso estoy aquí. En este día especial para ponerle nombre a la muerte, cosa un tanto inevitable dados los acontecimientos, quiero suplicarles que evitemos dibujarle un rostro en nuestros recuerdos. En esta caja hay un hombre, lo que era un hombre, y los he observado durante horas hacer fila, abrir la caja y hablarle, despedirse, rendir cuentas una y otra vez, ni yo tengo tanto que explicar… los he visto robarle el último rostro, uno distinto del que existía; si no lo hicimos en su momento… si no tuvieron el valor o la necesidad de hacerlo cuando podían ser correspondidos, acariciados o abofeteados, ¿a qué viene la valentía, la urgencia por las palabras? Me parece absurdo que continúen esforzándose por asignarle a su melancolía la cara de alguien que no corresponde al nombre que tantas veces se ha mencionado este día. Lo siento señores, queridos todos, la caja no se abre más, y espero no me obliguen a cerrarla a punta de martillo. ¿Que no tengo derecho? Afortunadamente no necesito su aprobación, la sangre habla, y no dudo que en este momento alguno de ustedes esté pensando “igual de necia que su padre”. ¿Que él no era necio? ¡Por favor! Esa caja es un testimonio de ello. Lo siento, queridos, nadie en este cuarto me va a decir quién era mi padre. Sé lo suficiente de abandonos y exilios voluntarios para distinguir a una persona que pide a gritos que la dejen en paz para ensimismarse a medir las ausencias, a inventariar lo que nunca se ha poseído. Se ponen un sinfín de trampas para impedir que alguien nos deje: enfermarse, fingir que lo necesitas, pedir compasión abriendo las piernas, construir los más firmes cimientos de una rutina, aprender a acariciar el punto exacto… y cuando menos te lo esperas resulta que ese alguien fingía caer en la trampa, le has dado un pretexto para irse… Ustedes creen que yo no tengo qué decirle, por eso mismo la tapa se cierra sin remedio, porque ya no hay qué decir ni rostro al que hablarle, sólo hay palabras qué acumular en algún lugar del estómago o del pecho o de las glándulas que producen la saliva que se mezclará cuando vuelvan a besar, porque siempre se besa de nuevo, siempre con el gusto o el mal sabor que dejó alguien, ese sabor extraordinario que hace salivar desde abajo de las muelas e incluye un escalofrío que recorre la espalda, siempre se besa de nuevo, a menos que se tome la decisión de exiliarse a hacer inventarios… o morirse, lo que ocurra primero.

 

Me siento profundamente agradecida por sus muestras de cariño, queridos, todas las flores, esta corona gigante le hubiera fascinado, si él pudiera verlos, si hubiera sabido cuánto le estimaban… si mi madre, cuyo nombre está ligado a un rostro difuso, no lo hubiera dejado, seguramente ella también les agradecería profundamente todas sus palabras. A nombre de mi familia, es decir a mi nombre y el de lo que pronto será una urna con cenizas, les agradezco su presencia y sus oraciones.

 

 

(Para Chakarita, con mucho respeto y cariño)

Entradas antiguas »

Categorías