El fin del aburrimiento

No se cansan de hablar del fin del mundo. Los días no ayudan. Me pregunto qué estará más visto, si el apocalipsis o una película con desnudos parciales en el canal nueve. De tanto que invocamos el fin del mundo parece que queremos morirnos, todo es un pretexto para que todo termine, el cambio de siglo, los mayas, el fin de sexenio. Pero por qué creer que somos tan afortunados como para que todo termine en un destello avasallador, una explosión que se llevaría todo en milésimas de segundo sin darnos tiempo siquiera de tener el suficiente miedo: puras muertes sin dolor. Aunque la muerte es la muerte, no el dolor con que uno muere. Nos creemos que tendremos la oportunidad de sentarnos a mirar cómo se acaba el mundo, y de cierta forma lo estamos haciendo. Qué nos hace pensar que moriremos de golpe, si todo aquí en un proceso, podríamos decir que estamos contemplando nuestra propia muerte cada día, nuestra perdida de memoria, nuestras células avejentándose. Pensar que moriremos de golpe, sin dolor, es ansiar esa muerte de los ancianos afortunados que lo han vivido todo, que han presenciado el proceso de su muerte y un día, cansados, satisfechos, se acuestan con una sonrisa y ya no despiertan.

Luisa llegó en la tarde, de sorpresa, con esa alegría avasalladora. Tuvo un buen día, no pensaba en la muerte, ni siquiera en los fantasmas de la casa (o lo que sea que se ha apoderado de la casa, eso por lo que no quiere quedarse a dormir acá). El fin del mundo también pone a hablar de felicidad y ternura, ¿quién que haya sido objeto de la inmensa dulzura de la que es capaz una mujer no está condenado a extrañarla? Aunque después todo se reduzca a confrontaciones constantes, un día de ternura da para rato.  Llegó con comida y cerveza, estábamos festejando algo: ganó el primer lugar en un concurso de cuento: un paquete de libros y la publicación en la página de una revista literaria. El tema del concurso era “la reivindicación poética de las prostitutas”, lo que sea que eso signifique. “¿Quieres que te lo lea?” -cuidado, una respuesta equivocada puede derrumbar la alegría que a una mujer le ha costado un ciclo menstrual construir… cuidado de nuevo, la menstruación es como con la familia: sólo quien la sufre puede criticarla y/o burlarse de ella, los demás que se vayan a la mierda con sus comentarios -”Claro, me encantaría”.

        “Administrar el silencio

        Sí, es importante hablar las cosas, quién no lo sabe. Y se dice fácil: “mi amor, hoy hice esto y lo otro, comí a mis horas, sí, solo tome un café, no, no abusé de la grasa, no, no me pasó nada en especial, un día como los otros”. Pero qué hacer si lo de uno es la falta del impulso de hablar, el silencio en sí, sin motivo, como consecuencia de nada. El problema es que las mujeres se aburren, con facilidad, es decir, aburro a las mujeres. Me preocupa que Mía se aburra, siento cómo espera que le hable, me lo dice con la mirada, con sus lentes de contacto que le colorean los ojos de azul, me encantaría ver el verdadero color de los ojos de Mía… como si tuviera algún sentido mirarla a los ojos, así, de frente, como si tuviera algo que decirle… me pongo muy nervioso, debería poder decir algo, entretenerla, verla reír, sé que puedo hacer reír a una mujer, alguna vez lo hice, al principio, una mujer con los senos al aire que ríe es una bendición, un momento en el tiempo que se detiene, y la forma en que Mía agradece que uno sea simpático es inolvidable, vi en un documental que “Las mujeres generan mayor actividad en el interruptor central del sistema de recompensa. La forma de procesar la información utilizada por el cerebro femenino consigue una mayor integración entre el conocimiento y la emoción, lo que produce una respuesta a lo agradable muy alta”; pero qué le digo a alguien como ella que vive y sueña y tiene aspiraciones… está bien, ser uno mismo, siempre ser uno mismo, eso significaría hundir la cara entre sus senos y callar, callar al menos una canción o dos, hasta que encuentre de nuevo sus ojos azulejos y su gesto escudriñando mis pensamientos, callar, callar, entre sus senos, Mía, querida Mía, desleal Mía, debería llegar más temprano a verla, así evitaría tener que oler a otros hombres en su piel, y tener que aburrirla de nuevo con mis celos, cómo es que sólo se me ocurren reproches, por qué no puedo hablar las cosas como las parejas normales, nadie posee de verdad a ninguna mujer, Mía no es de nadie, un día terminará por aburrirse, lo sé, las mujeres perdonan cualquier cosa, menos que las aburras.”

Para lo que no tuve cuidado fue en mi reacción: “Está muy corto, ¿no? ¿Eso es un cuento?”. Afortunadamente su alegría era sólida. Tanto que hicimos el amor y fornicamos, todo al mismo tiempo y con ternura. Dormí como un anciano satisfecho, pero desperté, Luisa se había ido, insiste en lo de la casa, ¿o será un pretexto para decirme que está aburrida? Bueno, no sería el fin del mundo, pero sí sería el inicio del pago de una condena a la que se suman varias cadenas perpetuas.

Los rastros de la bestia

Yo no había visto a Beto antes. Sí, es un poco absurdo, ¿cómo se alimenta a un gato al que nunca se ha visto? Sabía de su existencia por sus maullidos. Cuando quiere comer empieza a chillar hasta que te harta, cuando te levantas para atender a su ” educada petición” desaparece, entonces dejas un plato con sobras en la ventana y regresas a lo tuyo con el silencio recuperado, más tarde encuentras el plato vacío y ni rastro de Beto. Es decir, no tenía prueba apóstata de su existencia, nunca lo había visto. Por lo tanto Luisa tampoco.

El sueño de Luisa me puso a pensar en Beto. Quisiera saber precisamente a qué se refería Luisa cuando dijo que la casa estaba “tomada”.

En mi antiguo camino al trabajo, antes de mudarme acá, se atravesaba un expendio de lotería y pronósticos. En la entrada casi siempre había un gato negro: a veces restregando la cresta contra los filos de la puerta, haciendo las de estatua guardián, a veces relamiéndose y regurgitando pelo. Estoico, el gato: ojos grandes y amarillos, pupilas siempre como diamantes perfectamente delineados. Ninguna bruja tuvo nunca un gato así de negro. Por supuesto el local estaba siempre vacío: los billetes de lotería siempre empolvados o manchados de tanto sol, colgados en las vitrinas a los costados de la puerta. Quiero pensar que, como es la vida, precisamente ahí se vendían los billetes ganadores y que nadie, sobre todo los que juegan a la lotería o a los pronósticos deportivos, tuvo la valentía de poner pie nunca en ese local. Yo no juego, si jugara, probablemente haría lo mismo que hizo mi abuelo cuando se ganó la lotería: cobrar el premio y no decirle nunca a nadie, tal vez darme un masaje, tal vez viajar, pero sin compartirlo con nadie… y luego resulta que te cae una maldición espantosa y la soledad te cobra cada centavo. (¿Será que es mi abuelo el que tiene la casa tomada?) Yo por lo menos me atrevía a pasar caminando junto al gato, llegué a ver personas cruzar la calle y seguir su camino en la otra acera; también a una señora echándole agua.  Seguramente son ese tipo de personas las que te decretan soledad eterna si decides ganarte la lotería y no compartir el premio con nadie. Si me fuera de viaje invitaría a Luisa.

Lo curioso es que, ahora que me acuerdo, en esa misma época un amigo gringo me regaló un libro que hablaba del diablo en Rusia, el diablo era un gato negro que hablaba y tenía poderes psíquicos. Y yo pasaba junto al gato con la certeza de que escuchaba mis pensamientos: mi abuelo decía que “hay que tenerles cuidado a los gatos, no vaya a ser que se anden sigilosos, buscando una espalda para clavarle las uñas y estirarse, desechar el sopor en un bostezo y dejar cicatrices a flor de piel… por eso son tan necesarios los cascabeles”. Y nada es gratuito, ¿cierto? Un gringo te regala un libro sobre el diablo ruso justo cuando pasas todos los días frente a una tienda de lotería vacía que custodia un gato negro negro como el diablo ruso, y es de conocimiento popular que los gringos satanizaban a los rusos para ocultar el lado oscuro de la fuerza que los habita a ellos y a sus gatos; y yo me vengo a acordar de eso justo cuando estoy bajo una maldición y un gato que nunca he visto habita mi casa y deja bolas de pelo por todos lados, y las bolas de pelo flotan en mi casa y anidan en las telarañas que penden en los rincones a tres metros de altura, y las arañas violinistas incuban ahí a sus engendros demoníacos: si te pica una araña violinista ni te das cuenta, ni duele ni da comezón ni nada, pero pasado un tiempo su veneno provoca necrosis y todo se te pudre y las arañas violinistas son más comunes de lo que nos imaginamos, son animales domésticos y ni nos enteramos y viven entre el pelo de los gatos. Y también he escuchado que algunas mujeres proyectan en los gatos los mismos sentimientos que con los hombres: control, ira, inseguridad, celos. Los cascabeles en los gatos como en los hombres, saber dónde están todo el tiempo. Y entonces un gato que nunca he visto deja dos cabezas de pollo sangrantes en la casa, y mi novia, que tampoco ha visto nunca al gato y no sabe nada de las cabezas de pollo, sueña con un gato que entra por la ventana y nos deja sobre la cama las cabezas…

Afortunadamente, después de algunos días sentado en la ventana pude ver a Beto:

Y no es negro, y existe.

Notas al pie del sueño de Luisa*

“¿Dormiste bien? ¿No, verdad? Me lo imaginé. Más bien, lo soñé (1): Te daban un balazo en el estómago, despertabas, te veía despertar, me contabas (2) que habías soñado que te daban un tiro mientras te sujetabas la barriga como si se te estuvieran desbordando los intestinos (3). De repente comenzaron a  llegar los aviones, ambos mirábamos la ventana, solo escuchábamos las turbinas y aparecían los aviones muy cerca, de hecho ni siquiera los veíamos completos, solo la barriga de los aviones y el estruendo de las turbinas; cerca, muy cerca, resultaba que tu cuarto era la torre de control del tráfico aéreo (4); la cama estaba entre grandes consolas y pantallas con radares. Me quitaste las cobijas y pusiste tu mano entre mis piernas, ‘déjame verte’, me decías (5), ‘quiero verte hasta que dejen de pasar los aviones’. Yo tenía frío, pero me aguantaba que me estuvieras mirando y mirando mientras me acariciabas los labios (6). El sonido del altavoz entró por la ventana anunciando la llegada del British 454 proveniente de Bariloche, mi mamá venía en ese vuelo, luego una voz diferente gritaba ‘¡el concord, el concord!’ y se hizo un silencio… sacaste tu mano de entre mis piernas para apuntar hacia el cielo y en cámara lenta tu índice siguió al concord (7) que pasaba frente a una gran luna amarilla, luego el concord explotó en fuegos artificiales y tú aplaudiste como un niño sorprendido. Cuando los caudales cayeron al suelo la luna empezó a gotear luz, las gotas caían sobre la banqueta de enfrente y llenaban de luz la habitación. En eso apareció mamá y se sentó en la mecedora que tienes en la entrada del cuarto, se mecía tranquila. Luego apareció Beto (8), de un salto llegó al borde de la ventana, se erizó, maulló y saltó a la cama, en el hocico llevaba dos cabezas de pollo ensangrentadas, nos ofreció las preseas y luego saltó al regazo de mamá. ¿Qué raro, no? ¿No tienes nada que contarme? (9)”

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*Este lunes amanecí en casa de Luisa. Quería irme antes de que despertara y evitar el encontrarme a su mamá en el baño o coincidir en el desayuno. Ella se despertó antes que yo. Apenas abrí el ojo cayó su pregunta: “¿dormiste bien?”; ni tiempo me dio para responder, en general duermo mal cuando me quedo en su casa. Esta vez le pareció que era mal augurio de algo, soñó conmigo, y no solo eso, al parecer soñó por mí, tuvo una pesadilla de mi desasosiego.

1. Generalizar sobre el género femenino es suficientemente ordinario, pero estoy empezando a pensar que todas encuentran premoniciones  en sus sueños o la visualización de los temores que su sexto sentido no puede nombrar cuando están despiertas. Mamá sueña con mariposas negras, por ejemplo, nada nuevo, las mariposas negras son “aves” de mal agüero, quién no lo sabe, pero en realidad la gente muere cuando mamá sueña con ellas.

2. Lo peligroso es cuando las mujeres sueñan lo que jamás les contarías. Si uno va a hacerse una limpia, una carta astral, lectura de mano, de café, bola de cristal, etc., sería de lo más idiota llegar diciendo “soñé con mariposas negras”, uno no le dice a una bruja lo que la bruja necesita escuchar para que te tenga en su poder y te cobre una fortuna por desentrañar tu mala fortuna, mucho menos si encontraste unas cabezas de pollo sangrantes en tu azotea y estás considerando la posibilidad de estar bajo el influjo de una maldición.

3. En lo que se refiere a los sueños, prefiero atenerme a las deducciones más simples: si soñé que me daban un balazo en la panza es porque seguramente cené demás y me fui a dormir bajo el influjo de una indigestión portentosa. Las pesadillas terminan de salir del cuerpo cuando uno caga.

4. Cuando era niño nunca quise ser piloto, ni siquiera estar involucrado con nada relacionado con volar. Debió ser su propio subconsciente inmiscuyéndose en mi sueño.

5. En realidad sí podría contemplar a Luisa durante mucho tiempo, espero que ese ímpetu no decaiga con la costumbre. Algunas veces lo he hecho mientras duerme: la descubro y la miro, por menos tiempo del que me gustaría, no se puede mirar por mucho tiempo a una mujer friolenta, pero el periodo durante el cual de a poco se le erizan los poros vale cualquier resfriado.

6. Una gota en la comisura de Luisa: seguir su caída hasta la almohada: olerla en la mañana.

7. Mi abuelo y yo nos juntábamos en las tardes a mirar el concord, él jugaba a que lo empujaba con el índice. Después de que explotó ya no supimos qué hacer con nuestras tardes. Ningún avión ultrasónico ha llegado desde entonces. Qué lástima, ya no hay gente que va a París por la mañana, come bajo la torre Eiffel, y regresa por la noche a su casa.

8. Beto es un gato que deambula por la vecindad. Algunos vecinos y yo le damos de comer de vez en cuando. Eso explicaría todo, Beto se robó las cabezas de pollo y las dejó en mi azotea después de relamerse los bigotes… pero sería una explicación demasiado simple y en lo que respecta a los sueños siempre hay un misterio enterrado en el subconsciente. Siempre tiene que haber algo sobre uno mismo que uno mismo desconoce y que en cualquier momento saldrá como una rata sale de la coladera o como cuando uno tropieza en la calle y cae, y luego mira alrededor avergonzado por la propia torpeza y se da cuenta que afortunadamente nadie ha mirado y sigue su camino riéndose un poco de sí mismo, pero siempre hay alguien que casualmente pasaba frente a la ventana y miró el momento en que caíste y seguirá su camino riéndose, se irá a trabajar, y cuando menos se lo espere, en el silencio de una oficina aburrida, recordará el momento en que te vio caer y volverá a reír.

9. ¿Que si no tenía algo que contarle? Sí, que me quería ir antes de que despertara para evitarme precisamente eso, y encontrarme a su mamá en el baño o en el desayuno, y sobre todo durante un sueño.

Cabezas de pollo.

Así estaba la tarde. Parecía domingo:  suficiente ocio como para encontrarle formas humanas o míticas a los árboles y las nubes; el sonido ocasional de un auto rompiendo el silencio, afortunadamente, así podía dejar de escuchar un momento a mis oídos, ese timbre agudo y continuo que me pone a evaluar mi salud física -alguien dijo que cuando te suenan los oídos es síntoma de mala circulación-, la posibilidad de un infarto…  usualmente le subo el volumen a la música, pero parecía domingo, todo es hartazgo y no hay música adecuada que en domingo no provoque melancolía o alguna de esas cosas, y de cualquier forma al apagar la música el sonido sigue ahí, aún más intenso; pensar en los días por delante, en que preferiría no pensar en los días por adelantado. Los confines del día desvaneciéndose en los de mi habitación.  Pero era viernes y, en vez de estar elongando los pensamientos, habría de estar haciendo algo.

Luisa tenía planes, una de esas cenas aburridas a las cuales ha dejado de invitarme. No le he conocido una amiga que cocine bien, en las conversaciones todo se toma muy en serio, es un grupo que no valora el sarcasmo, así que por lo general me quedo callado lanzando miradas en offside a los escotes de sus amigas, lo cual me ha definido como un antipático frente a sus parejas, y tampoco son tan guapas como para que me esfuerce en convencerla de que me gustaría compartir de nuevo ese espacio con ella. De cualquier forma se ha dado por vencida o se ha quitado un peso de encima. Vamos, no me necesita. En fin, ese viernes que parecía domingo hubiera disfrutado elongar mis pensamientos junto con ella. No hacer nada mas que estirar nuestro ocio, como aquel domingo en que la convencí de que me dejara verla un largo rato vistiendo solo una camiseta blanca, ella parada frente a la ventana, los confines del domingo filtrándose y haciendo translúcida su ropa, y yo estirando mis pensamientos acerca de su cuerpo cuanto podía, planeando el momento en que me acercaría a estrechar sus senos; hasta que se cansó de posar para un “idiota pervertido” y me dijo que yo creía que nada más mirando podía conseguirlo todo, y luego se apropió de mi mano y la usó a placer.

Ese domingo fue el primer día que se quedó en casa. Me quedé dormido pensando en los días por adelantado cuando se empieza el lunes con la posibilidad de despertar y coger. Sería una gran semana. Cuando abrí los ojos Luisa estaba pegada a mí, despierta, con un par de ojeras por las que cualquiera preguntaría “pero ¿estás bien?”, temblaba un poco. No apuré conclusiones, terminé de despertar y justo cuando le iba a preguntar “¿estás bien?” me dijo: “tienes el sueño muy pesado, cabrón, te dije que tu casa estaba tomada y no me hiciste caso”. Yo sabía que las chicas que leen a Cortázar están un poco locas, pero en Luisa no parecía un defecto, sobre todo cuando jugamos al cíclope. No se me ocurrió mas que abrazarla pensando en mi gran inicio de semana pero al parecer mis caricias fueron interpretadas como una afrenta: “suéltame, no vuelvo a pisar esta casa, así que si quieres que durmamos juntos mejor te mudas, ahorras para el hotel o superas el hecho de que vivo con mi madre, a ella no le importa, ya te lo dije”. Desde entonces ya no viene, y dirá misa, pero estirar el ocio o lo que sea sabiendo que su madre escucha en la habitación contigua es un bajón. Me gusta mucho, Luisa, ese es el problema.

Para mis vecinos de al lado los viernes son el día de enterar a la vecindad de que en realidad no son la linda pareja que aparentan. Sus gritos se escuchan, casi siempre en la madrugada, y retumban fuerte en estos muros de 80 años. Me despertaron ya en la madrugada del sábado y, al sentir el desnivel en mi colchón -el lado derecho está hundido y el izquierdo como nuevo-, pensé que tenía que hacer algo por convencer a Luisa de que vuelva a dormir acá. Odio las mudanzas, me enfermo, me da fiebre sólo con empezar a meter las cosas en cajas, rotularlas, desechar las mil y un cosas inservibles que he guardado durante años para hacérmelo más simple. Además el costo de la renta es insuperable, el barrio es lindo, cerca del trabajo. Yo nunca he sentido o escuchado nada raro pero me cuesta trabajo empezar a vislumbrar la idea de que me metí de nuevo con una desequilibrada, Luisa es… es…

Así que, una vez que mi vecina se quedó dormida de tanto gritar, me dispuse a encontrar fenómenos paranormales. Con las luces apagadas comencé a andar sigiloso por la casa, jugué con mi cabeza, me sugestioné, di por sentado que en realidad hay fantasmas. Pero no encontré ningún testimonio de ello. Casi me di por vencido cuando pensé que no había subido a la azotea, que en realidad sólo había subido recién me mudé hace un año. Una vez arriba: nada. Bueno, olía raro, hojarasca, polvo, colillas de cigarro, algunos desperdicios lanzados por los vecinos, la casa estuvo abandonada casi cinco años, me había dicho la casera. Me quedé mirando los aviones y fumando. Cuando pasó el periodo de arribo de los aviones se hizo un silencio que me permitió escuchar a  un grupo de moscas y casi como por consecuencia traté de ubicar de dónde venía ese olor extraño. Me acerqué al rincón que sobrevolaban las moscas, el olor se intensificó, nauseabundo, la luz de la luna no era suficiente para identificar qué era lo que se pudría ahí, así que bajé por una lámpara, pero una vez abajo me convencí de que no sería nada grave y me fui a la cama, me acosté del lado izquierdo para tratar de nivelar un poco el colchón. No pude dormir.

Ya de día subí a la azotea, había más moscas de las que percibí en la madrugada, me acerqué al rincón: Dos cabezas de pollo ensangrentadas, frescas, pudriéndose en mi azotea.

En la universidad tuve una maestra cubana que decían que era santera. Yo nunca lo creí, sin embargo, a partir del día que supe del rumor ya no pude más que imaginarla convulsionándose en el suelo, desnuda, bañada en sangre de gallina degollada cada vez que  hablaba excitada sobre Foucault. Cuando acabó el curso fui a despedirme de ella, estreché su mano y justo cuando iba a agradecerle su labor educativa me dijo: “usted cree que con mirar se consigue todo, cuídese”.

Al día siguiente me quedé en casa de Luisa, no le dije lo que encontré en casa. Ese largo fin de semana pasé mi tiempo de ocio elaborando hipótesis, se me hacía absurdo y vanidoso pensar que habría alguien interesado en hacerme brujería, no estoy al tanto de tener enemigos. No soporto a la mamá de Luisa.

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